Avila

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Meseta Castellana
BIENVENIDO

2/12/08

LA PESADILLA DE ALICIA




El sonido de las sirenas se fue alejando por la C-24, ya no podía oírlas. Dejó de sentir calor o frío mientras experimentaba el vértigo que había conocido tirándose en paracaídas desde la avioneta: los primeros momentos en caída libre, la presión en el cuerpo, la velocidad imparable... Jaime se sumergió en un sueño profundo que lo dejó inmóvil.

Alicia, su mujer, recibió la noticia confundida por lo inesperado del suceso. Al poco, el shock inicial dio paso al desasosiego que el interrogante despertó en su vida acerca del destino hacia el que Jaime viajaba aquel trágico día. En las prolongadas noches de insomnio, visualizaba la vida como una carretera, e intentaba razonar para sí misma con la esperanza de encontrar respuesta:

“Todos los accidentes son inoportunos, cuando menos. Nuestro camino vital tiene un origen desde el que partimos y un objetivo, hacia el que nos conducimos, no siempre conocido. De manera similar, iniciamos un recorrido por una carretera seguros de alcanzar el final del trayecto. Un imprevisto, una variable con la que no contamos, aparece intempestivamente y se abre un paréntesis; a veces, el objetivo hacia el que nos dirigimos no deja de ser un interrogante, incluso, para nosotros mismos”.

Cargada de dudas, lo visitaba a diario. El diagnostico pronosticaba no más de cuatro meses de inconsciencia ya que la evolución de las lesiones así lo indicaban, aunque ella tenía sus reservas. Se sentaba junto a la cama del hospital y le hablaba con infinita ternura.

—Jaime, las niñas ayer fueron de de excursión a La Granja para festejar la llegada de la primavera. Tenías que ver a Marta contando cómo son los jardines repletos de flores que rodean el Palacio de Felipe V decorado con bellísimos tapices. Una prodigiosa fuente impulsa el agua hasta las nubes, y el murmullo del líquido al caer te transporta a otra época. Cuando amanece, dicen, el Palacio tiene una fachada que refleja la luz de manera especial en un bonito color rosa. Puedo imaginarme ataviada a la moda del XVIII, caminando por aquellas estancias; escuchando al anochecer, junto a ti, un concierto de arpa y clavicémbalo o, tal vez, un cuarteto de cuerda con música de Telemann. Mañana traeré una de tus preferidas de Haendel: “Música acuática”, celebraremos el cumpleaños de Ana llenando de música la habitación… haremos otra fiesta cuando despiertes.

Cada día, acallando sus incertidumbres, ella le mostraba el periódico que acababa de comprar y leía las noticias más relevantes; incluso le explicaba el tiempo que haría al día siguiente, la clasificación de equipos en la Liga de fútbol.

Alicia descubrió en algún gesto, que la música llegaba directamente al fondo del corazón de Jaime, sin necesidad de atravesar sus tímpanos. El “dormido”, como ella le llamaba, era especialmente sensible al “Verano” de Vivaldi. Acaso el ritmo creciente los violines o la explosión acústica, que simulaba tormentas estivales, removían su consciencia desde lo más profundo. El sonido de los instrumentos musicales —pensaba—, tiene una magia que traspasa las fronteras que rodean el alma, su energía hace vibrar las partículas de nuestro cuerpo y, tarde o temprano, acabará despertando.
Cuando ella regresaba a casa, apilaba la prensa del día en el despacho de Jaime. El cuarto permanecía aparentemente intacto desde el trágico accidente, aunque Alicia no se resistía a indagar entre sus cosas en busca de una respuesta. Varias columnas con las publicaciones se levantaban en perfecto orden desde el suelo. Su teléfono móvil y algunos recortes de revistas permanecían en la mesa junto a su agenda enmudecida desde el veinte de Enero. A menudo, presa de la desesperación, deseaba en su interior que se descubriese la traición por parte de Jaime aquella fatídica tarde, para poder dejar de lado el sufrimiento que le provocaba verlo así.

Por las noches, Alicia pasaba a visitar a las niñas que vivían con los abuelos desde que ingresaron a su padre. Ella prefería permanecer en su casa, durmiendo en su cama, a la espera; como si su marido fuera a llegar de un largo viaje en cualquier momento. Se desmadejaba en el sillón antes de ir a dormir y leía los libros que el ausente había dejado a medias. A ratos, cuando no podía conciliar el sueño, abría el armario de él, buscaba entre su ropa, tocaba sus corbatas, inhalaba su perfume, se calzaba unas zapatillas suyas e intentaba caminar por la casa mirando cada objeto con los ojos de Jaime.
Cuando había partido de fútbol, echaba hielo en un vaso con algún licor y, desde el sofá, veía y escuchaba todo el juego; imitaba sus ademanes, imaginaba que era él.

Un tarde que fue a visitarlo, olvidó el periódico del día. Intentó contarle las anécdotas acaecidas, pero hacía días que no veía a sus hijas y su trabajo era tan monótono que no tenía mucho que contar. Puso música antes de empezar a hablar e improvisó:

—Jaime, iré a la agencia de viajes mañana mismo. En mayo, celebraremos nuestro aniversario. ¡Podemos planear un circuito por Europa! ¡Me gustaría incluir Pilsen, Heidelberg, Bergen, Poznan!… Tendremos que regresar al Hollander Hof en Heidelberg, para contemplar el puente del Neckar, comprar juguetes, subir al Castillo…

Alicia se escuchaba a sí misma. Sus palabras rebotaban en las paredes de la habitación, y regresaban hasta ella que permanecía inmune al desaliento. Continuó sumergida en el periplo deseado durante horas hasta que tuvo que marcharse.

A la mañana siguiente, subió al coche y condujo por la C-24 hasta a la agencia según lo previsto. No había vuelto a pasar por allí desde que su marido abrió el paréntesis en aquella maldita curva.
En poco más de quince minutos llegó a su destino, atravesó la entrada principal del Local y se dirigió hacia una de las mesas libres. Tomó asiento sin que nadie se percatase de su presencia; mientras, la empleada conversaba, abstraída, por teléfono.



Su mirada perdida escrutaba, como otras veces, desde que la curiosidad era una vieja aliada en busca de respuestas. Lo hacía en cualquier sitio, instintivamente, sin apenas ser consciente.
La llamada se prolongaba y Alicia fijó su atención en un sobre que emergía de un montoncito de papeles plegados, en la mesa de al lado. Se leía con claridad: “Jaime…”. Segura y con determinación, Alicia, sin pedir permiso, tomó el sobre entre sus manos y pudo terminar de leer: “Jaime Rincón”. Se levantó muy digna, a la vez que se despedía con la mano, y se dirigió al coche.
Abrió el vehículo, se situó en el asiento del conductor y rasgó el sobre sin vacilar.



Ante sus ojos, se encontraban dos billetes de avión con destino Frankfurt* para el treinta de abril a nombre de Jaime Rincón y Alicia Campos. Un Post-it anunciaba: “abonado, recogerá el veinte de enero”.



*El aeropuerto más cercano a Heidelberg se encuentra en Frankfurt.

25/9/08

PARA PERDERSE












En la región de Liguria (Italia), hay una ensenada en la Bahía de Capodimonte, cuyas aguas albergan el Área Marina Protegida de Portofino; allí se encuentra uno de los lugares más hermosos e inaccesibles de Italia: un pequeño pueblo marinero con la Abadía de S. Fructuoso y la Torre de los Doria.


Como puede observarse, por lo escarpado del terreno, el acceso solo es posible a través del mar, desde Camogli u otros lugares tan pintorescos y exclusivos como Sta. Margherita o el mismo Portofino.

20/9/08

EN UN LUGAR DE PANAMÁ (I)





Mario acabó de redactar el informe exactamente a las nueve de la mañana. En ese momento, sonó el teléfono de su oficina: era Paul desde su sede en Madrid. Había olvidado que eran ya las tres de la tarde en España y que esperaban su llamada antes de comer. Llevaba casi cuatro horas en su mesa ultimando detalles en un escrito que debía terminar antes de ir hacia el aeropuerto. Durante unos minutos, intercambió unas palabras con él, asintiendo con la cabeza y esbozando una leve sonrisa cuando colgó el teléfono.

Solo le quedaba concretar algunos detalles con su socio en Montreal y recoger algunos objetos del almacén en el piso inmediatamente superior.
Pensó lo angustioso del clima tropical de Panamá, lo que le agotaba y hasta adormecía durante los días o semanas que pasaba revisando las cuentas en la sucursal de Colón.

La fábrica de motores consistía en una nave rudimentaria adosada a una edificación de dos plantas algo antigua y deteriorada por efecto de la humedad y los vientos caribeños. Instalada en el puerto de Cristóbal, en la zona industrial, llevaba funcionando varios lustros con una evolución en el desarrollo del negocio desigual, pero Mario se resistía a decidir sobre su final. Tenía una corazonada que le llevaba a aguardar el despegue definitivo, que le confirmaría sus deseados buenos augurios año tras año.

Subió las escaleras pensativo y, al abrir la puerta del almacén empujando con la mano levemente al tiempo que hacia girar la manilla, sintió en el dedo índice un leve pinchazo. Miró la cara interna de su mano derecha y no pudo ver nada. Continuó caminando a oscuras por el desordenado espacio, apenas iluminado por un tragaluz.

Un haz de sol penetraba por un pequeñísimo ventanal ciego, algo roto en una esquina, durante las primeras horas de la mañana. Después de rebuscar, encontró una cajita envuelta y precintada, que metió en el bolsillo de su pantalón. Miró el reloj bajo el hilo de luz y decidió que era hora de salir hacia el vehículo que le aguardaba...

16/9/08

LA FABRICA (1908-2008)






Plano de la Fábrica de Cerámica
Reproducción: Alfredo Ruiz de Luna



Dejó sobre el recibidor los dos tibores, se dirigió a la cocina y, con una amplia sonrisa, dio dos besos a mi madre que estaba preparando la comida.
Ella casi no se percató de la cara de felicidad que traía, ni de que era viernes; y los viernes, Román, el anticuario, se acercaba al despacho de mi padre con las mejores piezas de cerámica que llegaban a su almoneda.

A mi padre le brillaban los ojos mientras se le iba deslustrando el bolsillo a costa de sus compras, pero no intentaba evitarlo. Su pasión por la cerámica iba más allá de lo puramente artístico; era un ferviente admirador del abuelo Juan y de toda su obra.
La pérdida humana del genio le había llevado a buscarlo, y a encontrarlo, allá donde quiera que su rastro artístico permaneciese más o menos indeleble. Con sigilo y con paciencia, con tesón y con lo que presupuesto permitiese, iba rescatando piezas de distintas épocas y alfares a las que situaba, con el mayor de los esmeros, en el lugar más apropiado de la casa.

Mi padre agarró a mi madre de la mano y la condujo ante las dos piezas. Eran dos auténticos tibores de “La Fábrica”, en perfecto estado, con los amarillos y azules limpios y brillantes, con aquel blanco único e inconfundible. Era fácil observar a simple vista que habían sido preservados de cualquier deterioro durante décadas. Probablemente, habrían estado en manos de alguien que apreciaba esas dos obras de arte.
Mi madre, esta vez, no se atrevió a hacer un mínimo reproche por el desequilibrio que el dispendio ocasionaría en la economía familiar. Aquel día, yo misma pude ver a mi padre colocando los tibores en el salón, en el lugar que mejor se podían admirar; permaneció sentado en su sillón contemplándolos el resto de la tarde, hasta que los últimos rayos de sol que acariciaban sus formas redondeadas, difuminaron y mezclaron los amarillos y azules de todas las piezas de su pequeña colección. Entonces, yo misma pude ver cómo los ojos de mi padre se humedecían llenos de felicidad y de recuerdos de su infancia en “La Fábrica”.


Desde que tuve uso de razón, conocí en cada movimiento, en cada pensamiento, en cada mirada de mi padre, la profunda huella que el abuelo Juan había dejado en aquel niño que vivió, en primera persona, el final de una época que agotaba sus días de esplendor.

10/9/08

PINTADAS EN CARTAGO


Unas privilegiadas gallinas de guinea pasean apaciblemente por las ruinas de Cartago, en una calurosa tarde de agosto.
















Al fondo, el cielo y el mar se funden en dos tonos de un intenso azul turquesa.

















10/8/08

CASIOPEA DE SILVIO RODRIGUEZ



CASIOPEA

“ Como una gota fui de la marea

la playa me hizo grano de la arena,

de la arena.

Fui punto en multitud por donde fui,

nadie me detectó y así aprendí.

Cuando creí colmada la tarea, volví mi corazón a Casiopea,

Casiopea.

Cumplí celosamente nuestro plan:

Por un millón de años esperar, esperar, esperar.

Hoy llevo el doble dando coordenadas,

pero nadie contesta mis llamadas...

¿Será que me he quedado sin hogar?

Hoy sobrevivo apenas a mi suerte

lejano de mi estrella, de mi gente.

El trance me ha mostrado otra lección:

El mundo propio siempre es el mejor.

Me voy debilitando lentamente,

lentamente.

Quizá ya no sea yo cuando me encuentren...”

Silvio Rodrígue

6/8/08

PRECISIÓN ASIÁTICA



Un restaurante chino en Twickenham mostraba, con precisión asiática (y puntualidad inglesa), su oferta de precios en los menús infantiles.

Como apunta el cartel "los niños que miden menos de 1,40 cm pagan menos"; tan solo 3,70 libras. No importa la edad.
Si eres bajito, pagas menos. ¿Los niños de hasta 1,40 cm comen menos?

:-))

¿Tendrán un metro a la entrada? En fines de semana y en las cenas, no se especifica altura.

31/7/08

Ruta alternativa





Encontré esta curiosa imagen en las inmediaciones de Haslemere.
Bajé del coche y me dispuse a grabar este momento.

¿Quién no ha sentido alguna vez en su cabeza algo parecido?

Recomiendo no seguir la indicación en ningún caso: el atasco podría ser monumental. :-))

26/7/08

Canelo ha regresado feliz de su paseo. Sus ojos dulces me miran agradecidos. Su lengua soma el cansancio de las carreras por el bosque. Estamos sentados, los dos, frente a una mar calma; la brisa de la tarde nos acaricia. Es el momento de pensar con amor en aquellos que están lejos.

Mar

saludos de Canelo y Marga

A mi perro
le ha mordido la cola
un rayo rabioso.

Su ladrido asustado
se ha fundido en un grito
con la voz de los truenos.

El mar y el cielo
se han hecho uno.

Bajo mi cama 
asoma un hocico nervioso
buscando cobijo en mi zapatilla.

Otra voz celeste y grave
retumba en los cristales,
hocico y pata reculan de un salto.

Canelo tiembla como una hoja
enroscado bajo el manto protector
de mi colchón.

Mar

15/7/08

UN REGALO

" Si yo pudiera dejarles algún regalo,
dejaría acceso al sentimiento
de amar la vida de los seres humanos.

La conciencia de aprender todo lo que fue enseñado por los tiempos idos...

Para recordar los errores que fueron cometidos y que no se repetirán jamás.

La capacidad de escoger nuevos rumbos.

Les dejaría, si pudiera, el respeto por aquello que es indispensable:

Además del pan, el trabajo.

Además del trabajo, la acción.

Y si todo faltara, un secreto:

El de buscar en el interior de si mismo la respuesta y la fuerza para encontrar la salida... "

Mahatma Gandhi




13/7/08

TE LO TENGO QUE CONTAR

POR UN ERROR LO PUBLIQUE EN COMENTARIOS

México, Diciembre del 2006

Te lo tengo que contar.

La madrugada estaba llena de noche y el frío hacía que soltar las cobijas fuera difícil. El despertador sonaba y sonaba, era imposible cubrirlo con las sabanas, o con la noche, o olvidarlo; o simplemente tirarlo, era un tirano despiadado. Por eso en medio de la oscuridad y a tientas logré encontrarlo y finalmente lo pude apagar. Reino el silencio.

A las ocho de la mañana de ése día. En el hospital que funda el “Conde de Valencia” por los años lejanos de la conquista; más allá o más acá. Me encontraría con el Doctor Federico Graue Wiechers, para operarme el ojo derecho, cuya retina estaba cubierta con un velo que me mantenía semi tuerto, pero que no me impedía manejar mi coche y llevar una vida a mitades; eso sí con la terrible de que si no me operaba podía con el tiempo hasta perder ese ojo.

En realidad no fue difícil llegar a la decisión de la operación, porque lo pude lograr gracias a que en todo ese tiempo me comporté como si el que se necesitará operar no fuero yo, sino alguien cercano a quien ayudaría a decidir fecha y lugar.

El claxon del vehículo de mi hijo Armando rompió el silencio de esa madrugada, ni los pájaros en sus nidos se habían despertado. Carmen, mi esposa, y yo salimos para emprender con él la partida rumbo al centro de la ciudad; y ahí muy cerca de la churrería “El Moro” donde un chocolate caliente con dos ordenes de churros hubieran sido un buen pretexto hasta para la levantada. Cercano a esté lugar se encuentra el hospital. Eran las ocho de la mañana en punto, cuando el doctor llegó a saludarnos y pedirme me pusiera la batita clásica; la que se pone al revés y deja toda la retaguardia al descubierto, al poco rato llegó una enfermera con la camilla para transportarme al quirófano. Me volvieron a hacer otra serie de preguntas y después de vendarme los pies hasta la rodilla salimos a recorrer los pasillos y mediante un elevador llegar al área de quirófanos. Durante ese trayecto mi estado de ánimo era de tranquilidad y confianza porque muy en secreto cuando me estaba cambiando, pedí a Jesús y a San Antonio de Pápua, me ayudarán y que en lo posible me acompañarán en ese trago que no deja de ser amargo.

Llegado a un punto la enfermera me pidió que cambiara de camilla y me acomodara en otra que ya estaba dispuesta para recorrer un largo pasillo que poco a poco te lleva a la zona de rehabilitación y más adelante a los quirófanos.

Ya acostado en la nueva camilla iniciamos la marcha, en está ocasión conducido por el anestesiólogo. Pero cual sería mi sorpresa que al voltear mi cabeza a la derecha y con mi ojo bueno apoyado por el otro, pude percibir que nos seguía pegado a la camilla una emanación de color gris impalpable en forma de columna, perfectamente distinguible; admirado pero a la vez preocupado por no saber que era esa visión, cambié mi vista hacia el techo y pude ver como pasaban las lámparas que iluminaban el pasillo. Inmediatamente volví a fijar mi vista en la emanación que junto a mí seguía, y pude entonces ver con claridad cómo estaba formada, en su parte media, se componía de pliegues que caían formando un manto que en tonos grises y más obscuros se dibujaban hasta llegar al negro, cómo un dibujo al carbón; y definían mantos que manifiestamente se distinguían. Interesado seguí viendo esa maravillosa figura y al dirigir mí vista hacia la parte superior pude distinguir claramente un rostro que cubierto con un manto dejaba ver parte de la cara y de la cual se distinguía notoriamente una barba muy poblada y un agradable perfil masculino que tranquilo me miraba. Asomaban también algunos cabellos ondulados que con el movimiento se meneaban. El rostro aquel me miraba y me seguía muy junto a la camilla, podía haberlo tocado pero no lo intente. Lo miré de nuevo fijamente y reconocí el rostro de Jesús, pero no el que se retrata en las pinturas o en las esculturas religiosas sino: un Jesús, como más real, más auténtico. Le di las gracias por su compañía, y entré tranquilo y confiado a mi operación. Debo señalar que hasta ese momento no me habían dado calmantes, ni ninguna medicina que pudiera pensarse que mi visión era producto de una mente drogada.

Cuando lo relato, que es lo mínimo que pudiera hacer ante tal suceso, vuelvo a sentir la emoción de aquel encuentro y quisiera atrapar en mi memoria con más firmeza las escenas vividas, los momentos; cada instante, para que no se pierdan con el ruido de la vida.

Yo no soy muy religioso y la verdad las oraciones se me han olvidado; salvo el “Padre Nuestro”. Por otro lado con esté hecho surgen en mi muchas preguntas, muchas emociones que quedan atrapadas después de esté acontecimiento tan maravilloso. Yo creo que seguramente iré encontrando las respuestas en el transcurso mi vida, pero si no fuera así, si no hubiera respuestas, esté hecho en sí es suficiente para sentir que valió la pena vivir.

Por otro lado la operación en sí es muy impresionante y va de acuerdo con nuestros tiempos y con la tecnología moderna. Si bien el éxito de la intervención se debe también a la destreza, técnica, experiencia y conocimiento del cirujano. Jesús seguramente quiso presentarse, pienso, para enviarme un mensaje de amor, de entrega, de protección, un –Sí me pediste que te acompañará, aquí estoy -.

La presencia de Jesús en acentos grises, cómo quien pinta un dibujo al carbón, con esos grises remarcados con diferentes tonos hasta llegar al negro, creo se debió a que si se hubiera hecho presente con toda su luz no hubiera resistido verlo.

Y aquí empezó una larga historia de operaciones que seguramente me están diciendo algo, de lo que hasta el momento no he podido entender, no siento un drama el calvario que he tenido que seguir; simplemente es un experiencia más de vida.

En otra ocasión les contaré otra experiencia vivida con San Antonio y que los médicos que me atendieron lo consideraron cómo un milagro. Insisto, no soy religioso y en un largo tiempo de mi vida hasta me consideré agnóstico.

11/7/08

UNA APORTACION MÁS AL TEMA DEL RECAMBIO


Una crónica genial del escritor oriental (uruguayo) Eduardo Galeano

Para los de más de 50.

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto con mi mujer lavábamos los pañales de los críos. Los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita; los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.
Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda (incluyendo los pañales). ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores.
¡Nooo! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra.. Lo más probable es que lo de ahora está bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades. ¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!
¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de los pollos! ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos! Es que vengo de un tiempo en que las cosas se compraban para toda la vida. ¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas de loza. Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces.¡Nos están fastidiando! ¡¡Yo los descubrí. Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica. ¿Dónde están los zapateros arreglando las medias suelas de las Nike? ¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommiers casa por casa? ¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros? Todo se tira, todo se desecha y mientras tanto producimos más y más basura.
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. El que tenga menos de 40 años no va a creer esto:
¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!!
¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de ........... años! Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII). No existía el plástico ni el nylon. La goma solo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en San Juan.
Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De por ahí vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que no es fácil para un pobre tipo al que educaron en el 'guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo' pasarse al 'compre y tire que ya se viene el modelo nuevo'. Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que además cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo).
Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.
Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo? ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con que se consiguieron? En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos... ¡¡Como guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡Guardábamos las chapitas de los refrescos! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro.
Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos! Las cosas que usábamos: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus. Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón. Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar. Tubitos de plástico sin la tinta, tubitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón. Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor. Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa.
Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.
Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡Los diarios!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver!! ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne! Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los cuentagotas de los remedios por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos. Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posa-mates y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía 'este es un 4 de bastos'.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada. Ni a Walt Disney. Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita', nosotros dijimos que sí, pero, ¡minga que la íbamos a tirar! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella. Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. Ah ¡No lo voy a hacer! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad es descartable.
Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour. Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la bruja como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que mi vieja me gane de mano y sea yo el entregado.

Eduardo Galeano

10/7/08

UNA TARDE CUALQUIERA

La abuela Julia y la tía Pilar tejían labores junto a la ventana, en una mesa redonda que albergaba un pequeño brasero y se cubría con faldillas estampadas.
Por la tarde, la tía sacaba del monedero las notas de la compra escritas en papel gris de envolver la fruta. ¡Aquel si que era papel reciclado!, pero entonces lo ignorábamos.
Había muchas más cosas que eran recicladas: como la ropa heredada —milagrosamente transformada—, las bicicletas —fabricadas con piezas de otras— y todo lo que la imaginación y la falta de recursos permitiese...
La abuela abría el “dietario” por el principio, pasaba muy despacio una a una todas las hojas y paraba en la página del día. En ese momento, ajustaba con precisión las bifocales y comenzaba a caligrafiar, al dictado de tía Pilar, la lista de gastos. Mientras que la tía, que era quien hacía a diario las compras, esparcía las monedas encima de la mesa, y ambas hacían recuento y clasificación para cuadrar el saldo (...)
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7/7/08

HISTORIA


Esmé[Cuento. Texto completo]
Saki
-Todas las historias de caza son iguales -dijo Clovis-, igual que todas las de carreras de caballos y todas las de...
-La mía no se parece para nada a ninguna que hayas escuchado -dijo la baronesa-. Sucedió hace bastante tiempo, cuando yo tenía unos veintitrés años. En ese entonces no vivía separada de mi esposo: ninguno de los dos podía darse el lujo de pasarle una pensión al otro. Digan lo que digan los refranes, la pobreza mantiene unidos más hogares de los que desbarata. Lo que sí hacíamos era salir de caza con jaurías distintas. Pero nada de esto tiene que ver con mi historia.
-Todavía no llegamos al encuentro antes de la partida. Supongo que hubo uno -dijo Clovis.
-Claro que sí -dijo la baronesa-. Estaban todos los de siempre, especialmente Constance Broddle. Constance era una de esas muchachotas rubicundas que cuadran tan bonito con los paisajes otoñales y los adornos navideños de la iglesia.
"-Tengo el presentimiento de que algo terrible va a pasar -me dijo-. ¿Estoy pálida?
"Lo estaba, casi tanto como una remolacha que acaba de recibir malas noticias.
"-Te ves mejor que de costumbre -le dije-; pero en el caso tuyo eso es tan fácil...
"Antes de que captara el correcto sentido de este comentario ya habíamos ido al grano. Los perros acababan de levantar una zorra que andaba agazapada en unos matorrales."
-Ya lo sabía -dijo Clovis-. En todas las historias de cacería de zorras siempre hay una zorra y unos matorrales.
-Constance y yo íbamos bien montadas -prosiguió con calma la baronesa-, así que no nos costó nada arrancar adelante, aunque la carrera era bastante dura. Sin embargo, en el último trecho tal vez seguimos una línea demasiado independiente, porque se nos perdió la pista de los perros y acabamos vagando a paso de tortuga por ahí, lejos de todas partes. La cosa era bastante exasperante y el genio se me iba agriando poco a poco, cuando, después de dar por fin con un amable seto que nos dejó pasar, nos alegramos de ver unos perros que corrían ladrando por la hondonada que había justo abajo.
"-¡Allá van! -gritó Constance; y enseguida agregó, boquiabierta-: ¡En nombre de Dios! ¿A qué le están ladrando?
"No era una zorra cualquiera, de eso no había duda. Tenía el doble o más de altura, una cabeza chata y fea y un cuello enormemente grueso.
"-¡Es una hiena! -exclamé yo-; seguro se escapó del parque del señor Pabham."
-En ese instante la bestia acorralada se volvió para enfrentarse con sus perseguidores; y los perros, que no pasaban de una docena, la rodearon en semicírculo y pusieron cara de estúpidos. Era evidente que se habían separado del resto para seguir aquel rastro anómalo, y no estaban muy seguros de cómo tratar la presa ahora que la tenían asediada.
"La hiena saludó nuestra llegada con claras efusiones de alivio y amistad. A lo mejor estaba acostumbrada a una bondad pareja por parte de los hombres, mientras que su primera experiencia con una jauría le había dejado un mal sabor. Los perros parecieron turbarse más que nunca cuando la presa hizo alarde de su instantánea amistad con nosotras, y aprovecharon el débil toque de un cuerno en la distancia a manera de excusa bienvenida para partir con discreción. Constance, la hiena y yo quedamos solas a la luz del crepúsculo.
"-¿Ahora qué vamos a hacer? -preguntó Constance.
"-¡Qué preguntona eres! -dije.
"-Bueno, no podemos quedarnos toda la noche aquí con una hiena -replicó.
"-Ignoro qué entiendes tú por comodidad -le dije-, pero a mí no se me ocurriría pasar aquí toda la noche, así no hubiera hiena. El mío puede ser un hogar desdichado, pero al menos tiene instalación de agua fría y caliente, servicio doméstico y otras conveniencias que aquí no vamos a encontrar. Mejor vamos hasta esos árboles que hay a la derecha; me figuro que el camino de Crowley queda ahí detrás."
-Trotamos despacio por una trocha en la que había vestigios de huellas de carreta, con la bestia pisándonos dichosa los talones.
"-¿Qué diantres vamos a hacer con la hiena? -fue la pregunta inevitable.
"-¿Qué se hace por lo general con una hiena? -pregunté yo, irritada.
"-Jamás tuve nada que ver con una hiena -dijo Constance.
"-Bueno, pues yo tampoco. Si tan siquiera supiéramos su sexo, podríamos bautizarla. Tal vez podamos llamarla Esmé. Es un nombre que sirve en ambos casos.
"La luz todavía alcanzaba para distinguir los objetos al borde del camino, y el desánimo se nos curó de golpe cuando nos topamos con un gitanito andrajoso que recogía moras de un zarzal. La repentina aparición de un par de amazonas y una hiena lo hizo salir gritando. De todos modos no habría sido mucha la información geográfica que hubiéramos podido entresacar de aquella fuente; pero existía la posibilidad de encontrar más adelante un campamento de gitanos. Seguimos cabalgando esperanzadas pero sin novedad durante más o menos otra milla.
"-Me pregunto qué hacía el niño allí -dijo Constance al rato.
"-Estaba recogiendo moras. Nada más patente.
"-No me gustó la forma en que gritó -prosiguió Constance-. Es como si el gemido me siguiera sonando en los oídos.
"No reprendí a Constance por esas mórbidas fantasías. A decir verdad, la misma sensación de ser perseguida por un gemido pertinaz y molesto había venido royéndome los nervios, ya de por sí crispados. Por el mero placer de la compañía llamé a Esmé, que se había rezagado un poco. Con dos o tres saltos elásticos nos alcanzó, y luego echó a correr y nos dejó atrás.
"El acompañamiento de gemidos quedó explicado. El gitanito estaba firme, y me figuro que dolorosamente, apresado en sus fauces.
"-¡Por la Divina Providencia! -chilló Constance-. ¿Ahora qué vamos a hacer? ¿Qué vamos a hacer?"
-Tengo la absoluta certeza de que en el juicio final Constance va a hacer más preguntas que los propios serafines examinadores.
"Por mi parte, hice todo lo que se me vino a la cabeza en aquel momento. Bramé, increpé y supliqué en inglés, en francés y en el idioma de los guardabosques; di fustazos ridículos e inútiles al aire; le arrojé a la bestia mi fiambrera. No sé, de veras, qué más pude haber hecho. Y aun así seguimos avanzando a paso lerdo, a medida que se iba poniendo más oscuro, con la tosca y siniestra figura abriendo marcha y la lúgubre cantinela zumbando en los oídos. De pronto Esmé saltó a un lado y se perdió entre unos arbustos tupidos, fuera de nuestro alcance. El lamento se convirtió en un alarido que se cortó en seco. Acostumbro pasar rápidamente por esta parte de la historia, porque en realidad es bien horrible. Cuando la bestia se nos unió de nuevo, tras una ausencia de pocos minutos, la rodeaba un aura de paciente comprensión, como si supiera que había hecho algo que nosotras censurábamos pero que a ella se le hacía perfectamente disculpable.
"-¿Cómo puedes dejar que esa bestia voraz trote a tu lado? -preguntó Constance, que más que nunca parecía una remolacha albina.
"-En primer lugar, no puedo impedirlo -dije-; y en segundo lugar, por muchas cosas que pueda ser, dudo que ahora mismo sea voraz.
"Constance se estremeció. Y soltó otra de sus preguntas:
"-¿Crees que la pobre criatura sufrió mucho?
"-Todos los indicios apuntan a ese lado -dije-. Por otra parte, claro, a lo mejor lloraba por puro berrinche. Los niños son así algunas veces.
"La oscuridad era casi total cuando dimos de pronto con la carretera. En ese mismo instante el destello de unas luces y el ruido de un motor nos pasaron rozando a una distancia de veras inquietante. Un segundo después fueron seguidos por un golpe seco y un aullido agudo y destemplado. El automóvil se detuvo, y cuando llegué al lugar del accidente encontré a un joven que se inclinaba sobre un oscuro bulto inerte tirado al borde de la carretera.
"-¡Usted mató a mi Esmé! -exclamé amargamente.
"-Lo siento muchísimo -dijo el joven-. Soy criador de perros, así que sé lo que estará sintiendo. Haré lo que pueda por reparar el daño.
"-Entiérrelo ahora mismo, por favor -le dije-. Creo que eso es lo menos que le puedo pedir.
"-Trae la pala, William -le ordenó al conductor.
-Evidentemente, las inhumaciones apresuradas a la vera del camino eran contingencias previstas.
"Tomó bastante tiempo cavar una fosa de suficiente hondura.
"-¡Caramba, qué soberbio ejemplar! -exclamó el automovilista mientras hacían rodar el cadáver en la zanja-. Me temo que haya sido un animal muy valioso.
-Ganó el segundo premio en la categoría de cachorros el año pasado en Birmingham -respondí yo sin vacilar.
"Constance soltó un sonoro resoplido.
"-No llores, querida -le dije con la voz quebrada-. Todo acabó en un santiamén; no puede haber sufrido mucho.
"-Mire -dijo el muchacho, desesperado-: sencillamente tiene que permitirme hacer algo a modo de compensación."
-Me rehusé con suavidad; pero, como insistiera, le di mi dirección.
"Por supuesto, guardamos silencio respecto a los primeros episodios de aquella tarde. El señor Pabham nunca dio aviso de la pérdida de su hiena: un año o dos atrás, cuando un animal estrictamente frugívoro se extravió de su parque, se vio en la obligación de pagar indemnizaciones en once casos de ataques a ovejas y prácticamente tuvo que surtir de nuevo todos los gallineros de la vecindad, de modo que una hiena fugitiva le habría significado un desembolso del tamaño de un subsidio gubernamental. Los gitanos se mostraron igualmente recatados acerca de la desaparición de su vástago; no me figuro que en los grandes campamentos lleven la cuenta exacta de cuántos niños tienen."
La baronesa hizo una pausa para reflexionar, y luego continuó:
-Con todo, la aventura tuvo un corolario. Recibí por correo un lindo brochecito de diamantes con el nombre de Esmé engastado en un ramito de romero. A propósito, perdí de paso la amistad de Constance Broddle. Es que cuando vendí el broche me negué, con justa razón, a compartir con ella la ganancia. Le señalé que la parte del asunto relacionada con Esmé era de mi propia invención, y la de la hiena era cosa del señor Pabham, si de veras se trataba de una hiena, de lo cual, claro, no tengo prueba alguna.
FIN
Otro cuento de CiudadSeva
Dolors

6/7/08

SOLO PARA ROMPER EL SILENCIO

POEMA QUINCE
Pablo Neruda, poema XV del libro
Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada (1923).



Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mí voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara,
simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.


Pablo Neruda,
Oda a la envidia


"...Yo me hundí
en el abismo
de las casas más pobres,
debajo de la cama,
en la cocina,
donde nadie pudiera examinarme,
escribí, escribí sólo
para no morirme..."

Eclesiastès C 1: 17
DE UN TAL SALOMÓN


y procedí a dar mi corazón, a conocer la sabiduría y a conocer la locura, y he llegado a conocer la tontería, que esto también es un esforzarse tras viento”

LEÓN FELIPE

(1884 – 1968)

Yo no sé muchas cosas, es verdad.

Digo tan sólo lo que he visto.

Y he visto:

Que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos …

Que el llanto del hombre lo taponan con cuentos …

Que los huesos del hombre los encierran con cuentos …

Y el miedo de los hombres, ha inventado todos los cuentos.

Yo sé muy pocas cosas, es verdad.

Pero me he dormido con todos los cuentos …

Y sé todos los cuentos.

5/7/08

UNA DE GREGUERIAS

El seis es un nueve cabeza abajo.

La A es un triángulo que de pequeño era un círculo.

Los párpados son las persianas del cuerpo

Las persianas son los párpados de la casa.

El cerebro es el disco duro de las personas.

Los calcetines forman parejas del mismo sexo.

El vapor es el fantasma del agua.

Las dunas son los senos del desierto.

El metro es un gusano que se alimenta de las hormigas que horadan la tierra.

Los manantiales son los son lágrimas que brotan de los ojos de la tierra.

La memoria es la pizarra del alma.

Italia es una bota de agua sin pareja.

Las tijeras son una “X” implacable.

El lápiz es un embutido escolar.

Un escalón es un cuatro en tres dimensiones.

La aguja es un pez que navega en un mar de telas.

El avión cose el cielo con puntadas de algodón.

. Silvia

2/7/08

LA NOCHE DE...


La noche de los feos[Cuento. Texto completo]
Mario Benedetti
1
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo."¿Qué está pensando?", pregunté.Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma."Un lugar común", dijo. "Tal para cual".Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo."Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?""Sí", dijo, todavía mirándome."Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida.""Sí."Por primera vez no pudo sostener mi mirada."Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.""¿Algo cómo qué?""Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas."Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata."Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico."Vamos", dijo.
2
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
FIN

8/6/08

EL LIBRO DE LA ESCUELA. EDICION 2008. "EL SUEÑO DEL GATO"

























Hoy mismo he recibido el mensaje de Ángeles Lorenzo, Responsable de los cursos presenciales de la Escuela de Escritores, acerca del libro que, como sabéis, edita la Escuela cada año.

Os pego el mensaje:
"Ya tenemos impreso nuestro libro: El sueño del gato. Y ha quedado precioso, precioso. De verdad. Para quienes queráis haceros ya con un ejemplar, os cuento que podéis comprarlo desde hoy mismo en la Feria del Libro de Madrid, en la caseta de la Librería Fuentetaja, que es la nº 172. Allí lo tenéis ya.También podréis encontrarlo, desde el próximo martes por la mañana, en la sede de nuestra Escuela: calle Ventura Rodríguez, nº 11, 1º dcha. (Madrid). Y también en la Librería Fuentetaja, desde el mismo martes: calle San Bernardo, nº 35 (Madrid).
Para quienes queráis adquirir el libro y no estéis en Madrid ni tengáis pensado venir ni a la Feria del libro ni a la fiesta de fin de curso, os cuento que a partir de la fecha de la fiesta (el 21 de junio) encontraréis en la web de la Escuela un enlace para poder pedírnoslo, si queréis recibirlo por correo postal. Enhorabuena por vuestro libro. De verdad que ha quedado estupendo (y también gordito, porque sois muchos). Estoy segura de que os encantará."

4/6/08

MINICUENTO


Final para un cuento fantástico
[Minicuento. Texto completo]
I.A. Ireland
-¡Que extraño! -dijo la muchacha avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada!
La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! -dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos han encerrado a los dos!
-A los dos no. A uno solo -dijo la muchacha.
Pasó a través de la puerta y desapareció.
FIN

15/5/08

UN CUENTO CORTO


Un paciente en disminución

[Cuento. Texto completo]
Macedonio Fernández
El señor Ga había sido tan asiduo, tan dócil y prolongado paciente del doctor Terapéutica que ahora ya era sólo un pie. Extirpados sucesivamente los dientes, las amígdalas, el estómago, un riñón, un pulmón, el bazo, el colon, ahora llegaba el valet del señor Ga a llamar al doctor Terapéutica para que atendiera el pie del señor Ga, que lo mandaba llamar.
El doctor Terapéutica examinó detenidamente el pie y “meneando con grave modo” la cabeza resolvió:
-Hay demasiado pie, con razón se siente mal: le trazaré el corte necesario, a un cirujano.

30/4/08

Ante la ley
[Parábola: Texto completo]Franz Kafka


Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora. La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar.
El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta. Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián.
Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora: -Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.
FIN

25/4/08

Encuentros.-

Con el recuerdo de tus ojos grandes, de tu forma de caminar tan peculiarmente tuya, algunas veces despacio, la mayoría diligente y apresurada; de tus vestidos informales y diversos, pensados para cada ocasión, como si cada una de ellas fuera distinta si casi siempre es idéntica, y la de hoy se parece a la de ayer y a la de casi todos los días, te imagino abandonando tu casa, temprano, oliendo tu pelo a lavanda y a rosas y tus labios al primer café de la mañana.

Y es que, en nuestras mutuas soledades, nos hemos cruzado tantas veces la mirada, la tuya al limite de iniciar o precluir una sonrisa, casi siempre indolente simulando indiferencia, la mía inquisitiva, atrevidamente interesada, hasta lograr aprisionarla en ocasiones y hacerla propia aunque tu no lo sepas y aun a pesar tuyo.

Y te sigo cada día, o apenas unos pasos por delante en ocasiones y en otras a tu vera, con la intención de acompasar mis latidos a los tuyos, los dos peregrinos comunes del mismo trayecto, solos, rodeados de los mismos rostros, las mismas rutinas, idénticos gestos y conjuros, hasta que, con todos mis interrogantes intactos ya tan cotidianos, desapareces en tus grandes almacenes donde, otra vez sola, entre tanta gente, me parece que expides quimeras a cambio de voluntades.

Y pienso que sigues solitaria a pesar de las palabras y las forzadas sonrisas sin que nadie te rescate del ingente agobio hasta el filo de mediodía que te detiene para restaurar los estragos del hambre y tu figura.

¿Puede extrañarte, acaso, que cada tarde buscando tu soledad me acerque a la playa, por sola, tan tuya, como si fueras parte de la misma, y quiera hacerte participe de la mía?

15/4/08

SOBRE LAS ARMAS DE DESTRUCCION MASIVA

.

"5.

Por fin han encontrado las armas de destrucción masiva. Las tenía el dictador ocultas en su propio cuerpo. Y sólo era una, cuidadosamente cosida a su estómago. Una cápsula de 1 cm3 unida a un micro mecanismo adjunto que podría ser activado por él mismo mediante un control remoto mental. En efecto, con tal de concentrarse precisamente en ese punto de su estómago, y dirigir ahí toda la fuerza de los pulmones e intestinos en virtud de una técnica adquirida por viejos métodos de respiración yoga, el citado micromecanismo se activaría soltando así un veneno que lo haría morir al instante. La destrucción masiva vendría dada por un efecto cascada: la oleada de inmolaciones en cadena que prevé el Corán Tipo-B para estos casos, a imagen y semenjanza de esa otra reacción en cadena que damos en llamar "nuclear". Cristianismo, budismo, islamismo y tecno-laicismo en un solo relámpago."
Nocilla Experience
Agustín Fernández Mallo

13/4/08

CUENTO CORTO


Polemistas[Cuento. Texto completo]
Luis Antuñano

Varios gauchos en la pulpería conversan sobre temas de escritura y de fonética. El santiagueño Albarracín no sabe leer ni escribir, pero supone que Cabrera ignora su analfabetismo; afirma que la palabra trara* no puede escribirse. Crisanto Cabrera, también analfabeto, sostiene que todo lo que se habla puede ser escrito.
-Pago la copa para todos -le dice el santiagueño- si escribe trara.
-Se la juego -contesta Cabrera; saca el cuchillo y con la punta traza unos garabatos en el piso de tierra.
De atrás se asoma el viejo Álvarez, mira el suelo y sentencia:
-Clarito, trara.
* Trara: Trípode de hierro

9/4/08


La salvación
[Cuento. Texto completo]
Adolfo Bioy Casares

Ésta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió la causa. "¿Cómo un ser tan ínfimo" -sin duda estaba pensando el tirano- "es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?" Entonces un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría. "Por humildes que sean" -dijo indicando al pájaro- "hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros".
FIN

7/4/08

EL HORIZONTE

El horizonte no existió hasta que una persona se interpuso entre él y el siguiente horizonte; la silueta humana vertical sobre la horizontal definió la primera encrucijada, el elemental cruce de caminos que persiguen el cocinero al tirar las croquetas al aceite hirviendo, 2 hombres de negocios que se estrechan la mano y cierran un trato, el matemático que ensaya un signo igual entre dos ecuaciones.
Hasta ese momento, el horizonte era atemporal, ingenuo y neutro, por eso los aviones, que carecen de él, cuando vuelan parece que no pesan y van derechos de una nada a otra nada, en un tiempo sin imagen en su correspondiente espacio, por eso las burbujas del agua mineral inauguran su propio horizonte en su ascender vertical hasta que el agua se congela y en estado fósil quedan atrapadas.
NOCILLA EXPERIENCE
Agustín Fernández Mallo

6/4/08

UNA MAÑANA DE INVIERNO IV

La habitación estaba en silencio. Los "lengüis" no se atrevian a salir de sus margaritas. En la margarita número uno, cinco "lengüis" jóvenes discutían acaloradamente:
- ¿Cómo una niña ha podido descubrir nuestro secreto?- dijo Poleo, un "lengüi" de doscientos años.
-Tendrá un abuelo que le cuenta historias. ¡Seguro!.- contestó Manzanilla, la más joven de los "lengüis" de aquella margarita.
-Ha besado las margaritas una a una, así que debe de ser buena gente.- siguió Tomillo
-¡No me fio! ¿Te acuerdas de lo que le pasó hace cien años al "lengüi" Diente de león?- dijo Hierbabuena
-Bueno, bueno, eran otros tiempos... - contestó Lavanda.
-!Cuenta, cuenta !- dijo Manzanilla
Cuando Lavanda se disponía a contar la historia una mosca enorme empezó a volar alrededor de la margarita.
-!Callaros!- dijo Poleo- Si la mosca nos descubre, no habrá "lengüi" que nos salve. Y recordad que hoy es día 6, día de la Luna nueva.
Mientras Licia, sentada en el sillón del abuelo, esperaba impaciente la llegada de la noche, mientras leía su cuento preferido a sus amigos.

4/4/08

¡¿ POR QUÉ LAS LUNAS?!

" El árbol de la luna"
Una noche una luna llena bajó a la tierra.
Cansada, se refugió en el hueco de un árbol seco en un jardín perdido.
Poco a poco del árbol crecieron ramas y de las ramas crecieron hojas de estrellas.
La luna decidió vivir en aquel árbol que había creado un cielo para ella.
Desde entonces siempre era una luna llena. Cuando parecía que iba a menguar, el árbol hacía crecer nuevas ramas y nuevas hojas de estrellas que llenaban la luna con sus cosquillas de luz y de risas.

Un día se acercó una niña. Miraba y miraba a aquel árbol de luna y de hojas de estrellas.
Y abrazó el árbol.
El árbol agradeció su abrazo con cuentos nacidos de cada estrella. La niña pasó toda la noche abrazada al árbol y guardando en lo más profundo de su corazón las historias contadas por hojas de
estrellas.
A la mañana siguiente encontró debajo de su cama un baúl lleno de historias por inventar.
Dolors 1.998
Siempre hay una luna para soñar...y una luna especial para quien quiera encontrarla.

UNA LUNA PARA JAVIER


El tesoro de Costa Rica descubierto por una luna en Abril
Pero no tengáis prisa, hijos míos, porque os diré que esa juventud que tanto os exaspera os convierte en los propietarios del mayor tesoro al que nunca, ningún viejo lobo de mar echo la zarpa. (Costa Rica- Jose Javier Ruiz)