Avila
Meseta Castellana
21/6/11
Aquel verano, Antonio y todos los demás.
1/6/11
El Viento en la Isla (Pablo Neruda)
óyelo cómo corre
por el mar, por el cielo.
Quiere llevarme: escucha
cómo recorre el mundo
para llevarme lejos.
Escóndeme en tus brazos
por esta noche sola,
mientras la lluvia rompe
contra el mar y la tierra
su boca innumerable.
Escucha cómo el viento
me llama galopando
para llevarme lejos.
Con tu frente en mi frente,
con tu boca en mi boca,
atados nuestros cuerpos
al amor que nos quema,
deja que el viento pase
sin que pueda llevarme.
30/5/11
Escuchando a PABLO NERUDA (Los versos del capitán)
Quiero que sepas
una cosa.
Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.
Ahora bien,
si poco a poco dejas de quererme
dejaré de quererte poco a poco.
Si de pronto
me olvidas
no me busques
que ya te habré olvidado.
Si consideras largo y loco
el viento de banderas
que pasa por mi vida y te decides
a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces,
piensa
que en ese día,
a esa hora
levantaré los brazos
y saldrán mis raíces
a buscar otra tierra.
Pero
si cada día,
cada hora
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable.
Si cada día sube
una flor a tus labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas estará en tus brazos
sin salir de los míos.
Vistas al mar
Quiero olas de luz, sal azul, un cielo de arena, sol de agua, un mar de viento. Son de verdad.
25/4/11
EMBRIÁGUENSE
Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:
Charles Baudelaire
21/4/11
MOMENTOS
20/4/11
Volver
He de intentar recordar los lugares por donde he pasado recientemente, a pesar de que he perdido muchos recuerdos para poder llegar hasta aquí . Así es que esto empieza a ser un laberinto.
18/4/11
ZAPATITOS
¿Era todo un sueño?
4/1/11
MUJERES
13/7/09
PENÉLOPE
A punto de cumplir los quince, conoció a Ulises, un compañero de colegio que acostumbraba a llegar tarde a todas partes. Penélope era la única que le esperaba, cuando el resto de amigos se cansaban de hacerlo. Penélope y Ulises se entendían a la perfección: ella sabía esperar como nadie y Ulises acudía siempre tarde a las citas.
Durante años, Penélope esperó que Ulises le pidiera casarse con ella. Al fin, Ulises puso fecha a la boda, para después pedirle que esperase un poco más.
Ulises solía viajar por su trabajo y Penélope le esperaba ilusionada a su vuelta. Los hijos que ambos esperaban, llegaron. Pero Penélope era especialista en esperar. Solía congeniar con quienes le hacían esperar.
Penélope esperaba a Ulises en casa al anochecer, cada día. A veces Ulises no llegaba.
4/6/09
NUBE
Apareció de noche, como una nube en una tormenta de verano.
Apenas comenzó a llover, la nube se evaporó y millones de gotitas disgregaron el recuerdo; el vapor lo convirtió en un sueño.
Nunca volví a saber qué fue de la tormenta. Solo queda el olor a tierra mojada.
No pude parar de repetirme, de vuelta a mi sitio: ¿Somos humanos o somos marionetas?
12/5/09
8/5/09
ZAPATO
APERITIVO NOCTURNO
24/4/09
FANTASMAS
Cuando era una niña, hablaba a los fantasmas. A menudo, me venían a buscar de noche allá donde estuviera.
Por la noche, a oscuras y en silencio, es mas sencillo encontrarse con ellos. Dormía con las puertas abiertas porque traspasan paredes y muros, pero no yo; así es que, en caso de tener que salir corriendo, lo tendría mas fácil.
A punto de cumplir los once, mi otro abuelo tuvo que emprender el viaje. Días antes supe que se iría, pero no podía hacer nada. Aquella mañana, sentado frente a la mesa, cubierta de papeles, nos abandonó definitivamente. Yo ví como se iba y esperé a la noche para soñar.
Mi padre, que no creía en fantasmas, intentó disuadirme regalándome un libro, el cual trataba... sobre la cuestión de que... el alma humana puede encarnarse en otros cuerpos sucesivamente. Las posibilidades que nos da la reencarnación, según aquel libro, son múltiples y variadas. Así, uno puede explicarse por qué tiene una mancha en el costado de nacimiento, una verruga o protuberancia en el cuello, o por qué nos produce malas o buenas vibraciones una persona la primera vez que la vemos. Causas y lazos arrastrados de vidas anteriores. Pero siempre con la pega de que no podemos recordar nada de esas vidas.
Al cumplir los quince, mi cabeza empezó a llenarse de fantasmadas de otro tipo, así es que dejé de hacerles caso y ante mi abandono, debieron optar por retirarse. Ya me advirtieron que es difícil librarse de un fantasma. Algunos se quedan a vivir en algún rinconcito de nuestra mente y no hay forma humana de sacarles.
Demasiado tarde.
22/4/09
CUANDO SOPLA EL VIENTO
Un piano vertical con candelabros, de los que pendían vistosas telarañas, desprendía el olor a caoba que impregnaba el salón. También olía a galletas.
Ocupaba un sillón de orejas que heredó de su madre mientras nos hablaba de que los recuerdos se almacenan más o menos desordenados, con hilitos de los que penden los nombres de las cosas, de los olores, de los sonidos y de los colores…
Los hilos encadenados arrastran, unos detrás de otros, los recuerdos enlazados por situaciones de coincidencia.
16/4/09
16/04/09
9/4/09
EL PRINCIPIO DE DIRICHLET
Apenas podía leer los informes que cada mañana le presentaba su secretario. Samanta llevaba días en que las hojas se convertían tan solo en un saco de palabras sin sentido. Su mirada hacía un barrido que computaba la cantidad de sustantivos, verbos, adjetivos o artículos que tenía el documento. Ángel, su ayudante, la observaba de reojo sin saber qué le ocurría a ella, exactamente, cada vez que leía un dosier.
Samanta abría los ojos de forma exagerada, pasaba las hojas compulsivamente y, al final, como en una pizarra, leía en su cabeza el cálculo final. Sabía la cantidad de comas o de espacios; los puntos, las admiraciones, los títulos en negrita o los subrayados. Los números se convertían en palabras y podía saber la cantidad de letras que formaba cada número al pronunciarse, en segundos. Las palabras se convertían en números y los números en palabras, que después eran letras y acababan siendo otra vez un número.
Jaime, el director, esperaba impaciente las conclusiones de Samanta desde hacía una semana. En tan sólo cuarenta y ocho horas, tendrían que volar hacia Dubai con el análisis detallado de la propuesta. Pensó en cómo exigirle una respuesta a ella. Le gustaba demasiado y eso le incapacitaba, en parte, para enfrentarse. Sam no era especialmente atractiva pero su mirada y el olor de su pelo le había cautivado.
Ella miraba con ansiedad la puerta de su despacho, esperando que él apareciese, impecable, rotundo. Sus ojos iban de los documentos a la puerta y volvían a posarse en el escrito. Sentía caminar el corazon por sus sienes, el cálido aliento que desprendía por su nariz apresuradamente...
Samanta lo miró fijamente y en voz baja le dijo:
- Doce, llevas doce prendas sobre tí y sobre tu cabeza 151.115 cabellos.
Él contestó:
- ¿Has estado de nuevo leyendo a Dirichlet?
8/4/09
LA MITAD
6/4/09
VACÍO
El cuarto de baño tenía una bañera redonda impresionante, con grifos de plata resplandecientes, como espejos. Una mampara diamantina fraccionaba un rayo de sol que planeaba desde el tragaluz del techo. Se inclinó sobre la bañera y abrió el grifo del agua caliente al máximo hasta que todo el cuarto se llenó de un vapor denso y ardiente.
Ramiro apoyó la espalda en una de las paredes frente a la mampara, se dejó caer deslizando su espalda húmeda y quedó sentado en el suelo. El líquido condensado en el cristal fue dibujando, lentamente, una frase, un párrafo transparente pero nítido. Las gotas surgieron de su frente y resbalaron por la nariz y las mejillas. Las cejas, los ojos y los labios se humedecieron, respiró profundamente. Sin perder de vista la frase, se dirigió hacia la bañera a punto de desbordarse y se sumergió dentro sin quitarse la ropa. Cerró los ojos...
28/3/09
UN HUEVO EN UNA MALETA (II)
Encendió la luz y recorrió aquel pasillo larguísimo, con las puertas de las habitaciones cerradas, escuchando sus latidos en la garganta. Llegó hasta el final y, volviendo sobre sus pasos, fue abriendo cada una de ellas y encendiendo las lámparas. Todo estaba ordenado, impoluto y, a simple vista, nada le hablaba de tan injustificada ausencia.
Con sus ojos extraviados revisó una y otra vez desde distintos ángulos, paseando dentro de las habitaciones, empapándose de cada detalle, tocando los muebles, mirando al trasluz las mesas y hasta se agachó a mirar bajo las camas. Debajo de la que fuera la cama de la señora Juana, había una maleta bastante grande de la que tiró hasta que quedó totalmente a la vista. Dedujo que estaba repleta por el peso que percibía y, muy decidida, estuvo a punto de abrirla. Pero el sentimiento de culpa la detuvo. Inmediatamente, volvió a colocarla, se puso en pie y se dirigió a la cocina de forma casi automática; abrió el frigorífico y, tan solo encontró un huevo moreno, tamaño L, cuya fecha de caducidad llegaría dentro de seis días. El resto de los estantes estaban completamente vacíos. Cerró y abrió la puerta del refrigerador varias veces, hasta que decidió volver a su casa tras dejar todo tal cual lo había encontrado.
Aquella noche, Catalina llenó su cama de pesadillas: un huevo gigante se incubaba en la maleta durante semanas y, al fin, eclosionaba bruscamente dejando al descubierto un monstruo de dos metros. Con apariencia de dinosaurio, el engendro, que tenía la cara de Ramón, crecía desmesuradamente y acababa convirtiéndose en un King Kong terrorífico que abatían unos platillos volantes...
El día diez de su particular cuenta, marchó al trabajo con tal desasosiego, que hasta se lo advirtieron todos los compañeros. Su cabeza no paró de alimentar el bucle de la inquietud que la estaba devorando. Al terminar la jornada laboral, se encaminó hacia su casa ensimismada en sus pensamientos. Entró en ella, abandonó a su suerte el chaquetón y el bolso en el sofá sin ningún cuidado, y se dirigió a la casa del vecino que, por supuesto, mantenía el felpudo en posición vertical pegado a la pared.
Esta vez, Catalina decidió ir sin vacilación hacia la maleta y abrirla. Tiró de ella violenta y compulsivamente, desarrollando una fuerza hercúlea desconocida hasta aquel momento para ella. El corazón se salía por su boca, mientras que le venían a su cabeza las imágenes del huevo gigante eclosionando ante sus ojos. Desechó tales pensamientos y comenzó a mover la cremallera en el sentido de la apertura. Hasta que no completó el recorrido del cierre, no intentó ver el interior de la maleta. Fue entonces cuando abrió la misma y, la boca en que la misma se convirtió al instante, escupió a presión ropa femenina multicolor: vestidos y zapatos de firma, camisetas, zapatos de fino tacón, zapatillas color fucsia con adorno de marabú y hasta un picardías de raso, rojo pasión.
Catalina guardó la ropa con celeridad y solo pudo formularse una pregunta de vuelta a su sitio: ¿dónde está Ramón?
Durante tres días, se propuso no entrar de nuevo y abandonar la “misión” emprendida. Hablaba para sí pretendiendo convencerse de que debía ignorar la existencia de una puerta enfrente de la suya que daba paso a un piso, que… en nada le interesaba.
El día que anunciaba el número catorce de la ausencia de Ramón, llevó consigo las llaves del piso y a la vuelta de su trabajo, entró directamente en casa del juez, atropelladamente, sin fijarse en la posición del felpudo que permanecía inamovible como en días anteriores.
Se condujo a toda prisa hacia la habitación principal y abrió los armarios: no había ni rastro de los trajes, ni de las camisas, ni de los zapatos del vecino. Entró en la cocina y miró en el frigorífico: allí seguía el huevo de tamaño L, al que le quedaba un solo día para caducar.
Cerró puertas, apagó luces, echó los cierres de la casa del vecino y cruzó el rellano para ir a prepararse la cena. Una vez más, anunció a su conciencia que el caso quedaba cerrado. Como era viernes, intentó planificar un fin de semana fuera de casa para olvidar todo lo sucedido los últimos días.A la mañana siguiente, al levantarse, ignoró el calendario marcado con su peripecia, lo volvió hacia otro lado para no verlo y continuó su ajetreo matutino. Al salir de la ducha, comenzó a oír pasos con sonidos de tacón en casa de Ramón. Se vistió rápidamente y comprobó, entreabriendo la puerta de su piso, que el felpudo estaba colocado perfectamente delante de la puerta. Bajó a la calle y observó las persianas del vecino levantadas hasta arriba. Subió de nuevo a su casa y empezó a pensar en qué hacer. El ruido de los tacones al otro lado de su salón la enervaba aún más, cuando, inesperadamente, se oyeron los cierres de la casa de Ramón. Pegó el ojo a la mirilla y observó a una mujer de espaldas a ella, cerrando la puerta, que llevaba un vestido de los que había en la maleta bajo la cama. Catalina, sin pensar un segundo, abrió bruscamente la puerta y lanzó la frase, elevando el tono: “¡Oiga, ¿dónde está Ramón?!”. La mujer, con toda tranquilidad, terminó de cerrar la puerta, se dio la vuelta y le dijo con una tímida sonrisa: “¡Catalina! Soy yo. Ahora soy Natasha”.
25/3/09
LA LUZ ES COMO EL AGUA. Gabriel García Márquez
En Navidad los niños volvieron a pedir un botó de remos. De acuerdo — dijo el papá—, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena. Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
— No — dijeron a coro—. Nos hace falta ahora y aquí.
— Para empezar — dijo la madre—, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretujados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
— El bote está en el garaje — reveló el papá en el almuerzo—. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.
Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
— Felicitaciones — les dijo el papá— ¿Y ahora qué?
— Ahora nada — dijeron los niños—. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está. La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al eme. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llegó a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.
Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces. — La luz es como el agua — le contesté—: uno abre el grifo, y sale. De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
— Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada — dijo el padre—. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
— ¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? — dijo Joel.
— No — dijo la madre, asustada—. Ya no más. El padre le reprochó su intransigencia.
— Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber — dijo ella— pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.
Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.
En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.
El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.
— Dios te oiga — dijo la madre.
El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel, la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama. Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de
baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.
Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.
Diciembre 1978.
21/3/09
UN HUEVO EN UNA MALETA (I)

Cuando murió su madre, Ramón entregó las llaves de su casa a Catalina, una vecina de confianza. Aunque Catalina era de la edad de Ramón, la señora Juana supo mantener una buena relación de vecindad con ella hasta el último suspiro.
Ramón nunca conoció a su padre porque este falleció poco después de ser concebido, de manera que su familia se reducía a su madre y a un minúsculo círculo de amistades relacionadas con su profesión. Había cursado sus estudios en un buen colegio destacando la abundancia de sobresalientes en cada uno de los cursos; continuó en la Universidad, hasta concluir la carrera de derecho con un expediente envidiable. Con poco más de treinta años, consiguió la plaza de Juez en el destino deseado. Todo ello sin ninguna estridencia, sin atisbo de duda a cada paso marcado y con el incansable apoyo y dedicación de su madre. Pocos meses después de tomar posesión de su plaza, su principal apoyo, la señora Juana, falleció inesperadamente.
Catalina solía coincidir con él en el rellano o en el portal, en alguna de las entradas o salidas cotidianas, pero desde hacía al menos una semana no había rastro de Ramón. El felpudo de la puerta de su casa llevaba varios días apoyado en la pared, tal cual lo dejaba la señora que limpia las escaleras martes y jueves, por lo que la vecina empezó sentir cierta inquietud sobre el paradero del juez. Tampoco se veía luz por la noche en la vivienda como era habitual. Por el patio de luces, donde asomaban todas las cocinas de las cinco plantas del edificio, era fácil observar a través de las ventanas esmeriladas, el trajinar del vecindario entre las nueve y las once de la noche.
Cada día, la intriga de la vecina iba en aumento; acaso se estaba convirtiendo en una obsesión que le hacía despertar a altas horas de la madrugada. Miraba compulsivamente por la mirilla y pegaba la oreja a la pared del salón que mediaba entre su piso y el del juez. El muro de ladrillo hacía de caja de resonancia de cualquier movimiento con percusión que ocurriera en otras plantas, lo que le volvía aún más impaciente. Por la mañana, antes de ir a su trabajo, después de comprobar que el felpudo continuaba erguido -lo que indicaba que no había habido ningún cambio-, señalaba en un calendario los días de ausencia: el último marcado era ya el número nueve.
En el noveno día de obsesión, Catalina decidió que al fin entraría en la vivienda “abandonada” cuando llegara a casa si las cosas seguían igual. De manera que a las ocho de la tarde, se dirigió hacia el portal como solía hacer, pero con la convicción de que esta vez, el plan daría algún fruto que aliviase su incertidumbre. Catalina abrió la puerta de su casa, dejó el chaquetón y el bolso, cogió las llaves del vecino y, conteniendo la respiración, se dirigió a la puerta de enfrente. Introdujo lentamente la llave y la giró cinco veces...
15/3/09
YA LO DIJO ...
¿Noviazgos o amistades que no clausuran?,¿Posibilidades de regresar? (¿a qué?) ¿Necesidad de aclaraciones? ¿Palabras que no se dijeron? ¿Silencios que lo invadieron? Si puedes enfrentarlos ya y ahora, hazlo, si no, déjalos ir, cierra capítulos. Dite a ti mismo que no, que no vuelven. Pero no por orgullo ni soberbia, sino, porque tú ya no encajas allí en ese lugar, en ese corazón, en esa habitación, en esa casa, en esa oficina, en ese oficio. Tú ya no eres el mismo que fuiste hace dos días, hace tres meses, hace un año. Por lo tanto, no hay nada a qué volver. Cierra la puerta, da vuelta a la hoja, cierra el círculo. Ni tú serás el mismo, ni el entorno al que regresas será igual, porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático. Es salud mental, amor por ti mismo, desprender lo que ya no está en tu vida. Recuerda que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo. Nada es vital para vivir porque cuando tú viniste a este mundo, llegaste sin ese adhesivo.
¡Esa es la vida!
Conviene recordarlo...
2/12/08
LA PESADILLA DE ALICIA


Alicia, su mujer, recibió la noticia confundida por lo inesperado del suceso. Al poco, el shock inicial dio paso al desasosiego que el interrogante despertó en su vida acerca del destino hacia el que Jaime viajaba aquel trágico día. En las prolongadas noches de insomnio, visualizaba la vida como una carretera, e intentaba razonar para sí misma con la esperanza de encontrar respuesta:
“Todos los accidentes son inoportunos, cuando menos. Nuestro camino vital tiene un origen desde el que partimos y un objetivo, hacia el que nos conducimos, no siempre conocido. De manera similar, iniciamos un recorrido por una carretera seguros de alcanzar el final del trayecto. Un imprevisto, una variable con la que no contamos, aparece intempestivamente y se abre un paréntesis; a veces, el objetivo hacia el que nos dirigimos no deja de ser un interrogante, incluso, para nosotros mismos”.
Cargada de dudas, lo visitaba a diario. El diagnostico pronosticaba no más de cuatro meses de inconsciencia ya que la evolución de las lesiones así lo indicaban, aunque ella tenía sus reservas. Se sentaba junto a la cama del hospital y le hablaba con infinita ternura.
—Jaime, las niñas ayer fueron de de excursión a La Granja para festejar la llegada de la primavera. Tenías que ver a Marta contando cómo son los jardines repletos de flores que rodean el Palacio de Felipe V decorado con bellísimos tapices. Una prodigiosa fuente impulsa el agua hasta las nubes, y el murmullo del líquido al caer te transporta a otra época. Cuando amanece, dicen, el Palacio tiene una fachada que refleja la luz de manera especial en un bonito color rosa. Puedo imaginarme ataviada a la moda del XVIII, caminando por aquellas estancias; escuchando al anochecer, junto a ti, un concierto de arpa y clavicémbalo o, tal vez, un cuarteto de cuerda con música de Telemann. Mañana traeré una de tus preferidas de Haendel: “Música acuática”, celebraremos el cumpleaños de Ana llenando de música la habitación… haremos otra fiesta cuando despiertes.
Cada día, acallando sus incertidumbres, ella le mostraba el periódico que acababa de comprar y leía las noticias más relevantes; incluso le explicaba el tiempo que haría al día siguiente, la clasificación de equipos en la Liga de fútbol.
Alicia descubrió en algún gesto, que la música llegaba directamente al fondo del corazón de Jaime, sin necesidad de atravesar sus tímpanos. El “dormido”, como ella le llamaba, era especialmente sensible al “Verano” de Vivaldi. Acaso el ritmo creciente los violines o la explosión acústica, que simulaba tormentas estivales, removían su consciencia desde lo más profundo. El sonido de los instrumentos musicales —pensaba—, tiene una magia que traspasa las fronteras que rodean el alma, su energía hace vibrar las partículas de nuestro cuerpo y, tarde o temprano, acabará despertando.
Cuando ella regresaba a casa, apilaba la prensa del día en el despacho de Jaime. El cuarto permanecía aparentemente intacto desde el trágico accidente, aunque Alicia no se resistía a indagar entre sus cosas en busca de una respuesta. Varias columnas con las publicaciones se levantaban en perfecto orden desde el suelo. Su teléfono móvil y algunos recortes de revistas permanecían en la mesa junto a su agenda enmudecida desde el veinte de Enero. A menudo, presa de la desesperación, deseaba en su interior que se descubriese la traición por parte de Jaime aquella fatídica tarde, para poder dejar de lado el sufrimiento que le provocaba verlo así.
Por las noches, Alicia pasaba a visitar a las niñas que vivían con los abuelos desde que ingresaron a su padre. Ella prefería permanecer en su casa, durmiendo en su cama, a la espera; como si su marido fuera a llegar de un largo viaje en cualquier momento. Se desmadejaba en el sillón antes de ir a dormir y leía los libros que el ausente había dejado a medias. A ratos, cuando no podía conciliar el sueño, abría el armario de él, buscaba entre su ropa, tocaba sus corbatas, inhalaba su perfume, se calzaba unas zapatillas suyas e intentaba caminar por la casa mirando cada objeto con los ojos de Jaime.
Cuando había partido de fútbol, echaba hielo en un vaso con algún licor y, desde el sofá, veía y escuchaba todo el juego; imitaba sus ademanes, imaginaba que era él.
Un tarde que fue a visitarlo, olvidó el periódico del día. Intentó contarle las anécdotas acaecidas, pero hacía días que no veía a sus hijas y su trabajo era tan monótono que no tenía mucho que contar. Puso música antes de empezar a hablar e improvisó:
—Jaime, iré a la agencia de viajes mañana mismo. En mayo, celebraremos nuestro aniversario. ¡Podemos planear un circuito por Europa! ¡Me gustaría incluir Pilsen, Heidelberg, Bergen, Poznan!… Tendremos que regresar al Hollander Hof en Heidelberg, para contemplar el puente del Neckar, comprar juguetes, subir al Castillo…
Alicia se escuchaba a sí misma. Sus palabras rebotaban en las paredes de la habitación, y regresaban hasta ella que permanecía inmune al desaliento. Continuó sumergida en el periplo deseado durante horas hasta que tuvo que marcharse.
A la mañana siguiente, subió al coche y condujo por la C-24 hasta a la agencia según lo previsto. No había vuelto a pasar por allí desde que su marido abrió el paréntesis en aquella maldita curva.
En poco más de quince minutos llegó a su destino, atravesó la entrada principal del Local y se dirigió hacia una de las mesas libres. Tomó asiento sin que nadie se percatase de su presencia; mientras, la empleada conversaba, abstraída, por teléfono.
Su mirada perdida escrutaba, como otras veces, desde que la curiosidad era una vieja aliada en busca de respuestas. Lo hacía en cualquier sitio, instintivamente, sin apenas ser consciente.
La llamada se prolongaba y Alicia fijó su atención en un sobre que emergía de un montoncito de papeles plegados, en la mesa de al lado. Se leía con claridad: “Jaime…”. Segura y con determinación, Alicia, sin pedir permiso, tomó el sobre entre sus manos y pudo terminar de leer: “Jaime Rincón”. Se levantó muy digna, a la vez que se despedía con la mano, y se dirigió al coche.
Abrió el vehículo, se situó en el asiento del conductor y rasgó el sobre sin vacilar.
Ante sus ojos, se encontraban dos billetes de avión con destino Frankfurt* para el treinta de abril a nombre de Jaime Rincón y Alicia Campos. Un Post-it anunciaba: “abonado, recogerá el veinte de enero”.
*El aeropuerto más cercano a Heidelberg se encuentra en Frankfurt.
25/9/08
PARA PERDERSE
20/9/08
EN UN LUGAR DE PANAMÁ (I)
Solo le quedaba concretar algunos detalles con su socio en Montreal y recoger algunos objetos del almacén en el piso inmediatamente superior.
Pensó lo angustioso del clima tropical de Panamá, lo que le agotaba y hasta adormecía durante los días o semanas que pasaba revisando las cuentas en la sucursal de Colón.
La fábrica de motores consistía en una nave rudimentaria adosada a una edificación de dos plantas algo antigua y deteriorada por efecto de la humedad y los vientos caribeños. Instalada en el puerto de Cristóbal, en la zona industrial, llevaba funcionando varios lustros con una evolución en el desarrollo del negocio desigual, pero Mario se resistía a decidir sobre su final. Tenía una corazonada que le llevaba a aguardar el despegue definitivo, que le confirmaría sus deseados buenos augurios año tras año.
Subió las escaleras pensativo y, al abrir la puerta del almacén empujando con la mano levemente al tiempo que hacia girar la manilla, sintió en el dedo índice un leve pinchazo. Miró la cara interna de su mano derecha y no pudo ver nada. Continuó caminando a oscuras por el desordenado espacio, apenas iluminado por un tragaluz.
16/9/08
LA FABRICA (1908-2008)
Plano de la Fábrica de Cerámica
Reproducción: Alfredo Ruiz de Luna
A mi padre le brillaban los ojos mientras se le iba deslustrando el bolsillo a costa de sus compras, pero no intentaba evitarlo. Su pasión por la cerámica iba más allá de lo puramente artístico; era un ferviente admirador del abuelo Juan y de toda su obra.
Mi padre agarró a mi madre de la mano y la condujo ante las dos piezas. Eran dos auténticos tibores de “La Fábrica”, en perfecto estado, con los amarillos y azules limpios y brillantes, con aquel blanco único e inconfundible. Era fácil observar a simple vista que habían sido preservados de cualquier deterioro durante décadas. Probablemente, habrían estado en manos de alguien que apreciaba esas dos obras de arte.
Mi madre, esta vez, no se atrevió a hacer un mínimo reproche por el desequilibrio que el dispendio ocasionaría en la economía familiar. Aquel día, yo misma pude ver a mi padre colocando los tibores en el salón, en el lugar que mejor se podían admirar; permaneció sentado en su sillón contemplándolos el resto de la tarde, hasta que los últimos rayos de sol que acariciaban sus formas redondeadas, difuminaron y mezclaron los amarillos y azules de todas las piezas de su pequeña colección. Entonces, yo misma pude ver cómo los ojos de mi padre se humedecían llenos de felicidad y de recuerdos de su infancia en “La Fábrica”.
Desde que tuve uso de razón, conocí en cada movimiento, en cada pensamiento, en cada mirada de mi padre, la profunda huella que el abuelo Juan había dejado en aquel niño que vivió, en primera persona, el final de una época que agotaba sus días de esplendor.
10/9/08
PINTADAS EN CARTAGO
Unas privilegiadas gallinas de guinea pasean apaciblemente por las ruinas de Cartago, en una calurosa tarde de agosto.
9/9/08
OCHO DE SEPTIEMBRE DE 1908 - OCHO DE SEPTIEMBRE DE 2008
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Vicepresidenta de La Junta de Comunidades de Castilla La Mancha.
Maria Luisa Araújo
Amparo Ruiz De Luna
I CENTENARIO -Fabrica de cerámica "Nuestra Señora del Prado"
(Del 8-9-2008 al 8-12-2008) Talavera de la Reina.
Juan Ruiz de Luna Rojas (12/7/1863 - 25/9/1945)
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Congreso Anual sobre Ceramología
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10/8/08
CASIOPEA DE SILVIO RODRIGUEZ
CASIOPEA
“ Como una gota fui de la marea
la playa me hizo grano de la arena,
de la arena.
Fui punto en multitud por donde fui,
nadie me detectó y así aprendí.
Cuando creí colmada la tarea, volví mi corazón a Casiopea,
Casiopea.
Cumplí celosamente nuestro plan:
Por un millón de años esperar, esperar, esperar.
Hoy llevo el doble dando coordenadas,
pero nadie contesta mis llamadas...
¿Será que me he quedado sin hogar?
Hoy sobrevivo apenas a mi suerte
lejano de mi estrella, de mi gente.
El trance me ha mostrado otra lección:
El mundo propio siempre es el mejor.
Me voy debilitando lentamente,
lentamente.
Quizá ya no sea yo cuando me encuentren...”
Silvio Rodrígue
6/8/08
PRECISIÓN ASIÁTICA
Un restaurante chino en Twickenham mostraba, con precisión asiática (y puntualidad inglesa), su oferta de precios en los menús infantiles.
Como apunta el cartel "los niños que miden menos de 1,40 cm pagan menos"; tan solo 3,70 libras. No importa la edad.
Si eres bajito, pagas menos. ¿Los niños de hasta 1,40 cm comen menos?
:-))
¿Tendrán un metro a la entrada? En fines de semana y en las cenas, no se especifica altura.
3/8/08
31/7/08
Ruta alternativa
Bajé del coche y me dispuse a grabar este momento.
¿Quién no ha sentido alguna vez en su cabeza algo parecido?
Recomiendo no seguir la indicación en ningún caso: el atasco podría ser monumental. :-))
26/7/08
saludos de Canelo y Marga
15/7/08
UN REGALO
| " Si yo pudiera dejarles algún regalo, dejaría acceso al sentimiento de amar la vida de los seres humanos. La conciencia de aprender todo lo que fue enseñado por los tiempos idos... Para recordar los errores que fueron cometidos y que no se repetirán jamás. La capacidad de escoger nuevos rumbos. Les dejaría, si pudiera, el respeto por aquello que es indispensable: Además del pan, el trabajo. Además del trabajo, la acción. Y si todo faltara, un secreto: El de buscar en el interior de si mismo la respuesta y la fuerza para encontrar la salida... " Mahatma Gandhi | |||
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