Avila

Avila
Meseta Castellana
BIENVENIDO

21/6/11

Aquel verano, Antonio y todos los demás.

En el verano del 73 fuimos de vacaciones a un pueblo de la sierra. Acostumbradas a estar siempre a cubierto, en casa, bajo la atenta mirada de nuestros padres, las tres hermanas disfrutamos de una libertad desconocida. Se abrieron las puertas, de par en par, y un vendaval de nuevas sensaciones nos envolvió.


Llegamos con nuestros vestiditos, con zapatos blancos, y calcetines calados, a un chalet de dos plantas rodeado de higueras, frutales y de pequeños arroyos que bajaban de Gredos. Ya éramos una familia numerosa contando con mi hermana pequeña, que solo tenía un año. A ella le dedico este recuerdo, porque aunque estuvo allí, por pequeña, no pudimos llevarla con nosotros.
Desde las habitaciones de la casa se divisaba gran parte del valle, los castaños, los cerezos y los manzanos. El cielo azul intenso aparecía recortado por el perfil montañoso. Aún puedo recordar el olor a sierra, a frutas, a huerta y, sin duda, a libertad.

Isabelita, que vivía en ese bonito pueblo, fue la encargada de llevarnos a disfrutar de uno de los más maravillosos veranos que he vivido y puedo recordar.
Dos días después de llegar allí, ella nos presentó a tres de sus primos. Con la rapidez con que los niños se abren a otros, con algo de vergüenza pero con infinitas ganas de divertirnos, formamos la pandilla del verano del 73.
Dos de ellos venían de Madrid y el tercero de los chicos era del pueblo. Para hacer más organizado el grupo hicimos el reparto de parejas, desde el principio y de esta manera me fue presentado mi primer novio, Antonio.

No sé si hacíamos buena pareja pero fuimos capaces de entendernos. Hablábamos sólo lo necesario, lo divertido. Es por eso que no hubo regañinas ni disputas, ni reparto de bienes al acabar el verano; por eso y porque teníamos todo el tiempo del mundo.
Dedicábamos las mañanas a la recogida de higos y a las tareas domésticas. De las tardes y las noches fuimos totalmente dueños. Solíamos ir a una alberca con agua de la sierra y, por las noches, con nuestra silla traída de casa, a un cine de verano en una explanada polvorienta desde la que se veían las estrellas y la luna más bonitas que nunca he visto.

Aún así, siempre tuvimos tiempo para hazañas valerosas:

Conquistamos un huerto de manzanas, furtivamente. Rescatamos, prisioneros, racimos de plátanos de un camión una noche de agosto… Después vino el asalto a un montón de barriles con aceitunas y las reuniones en una casa abandonada, a medio hacer. Allí, entre ladrillos y sacos de cemento, en una segunda o tercera planta, de paredes huecas, sin ventanas y sin barandillas, fumábamos unos celtas que comprábamos de “incógnito” en el estanco-tiendaparatodo. ¡Qué momentos! Aquel mechero de mecha que no encendía, esos cigarros imposibles de aspirar, y sin filtro…

Subíamos varios pisos por la escalera de obra del edificio, uno de los lugares más peligrosos por los que creo haber transitado. Eran excursiones con peligro asegurado, sin casco y sin miedo porque creíamos en todo y queríamos vivir así, sin medir el riesgo, sin pensar.

Al acabar las vacaciones, nos fuimos más libres, más fuertes, más contentas, más mayores y llenas de secretos.

Hace unos días entré en un local cerca de donde vivo. No podía creerlo, era él, después de cuatro décadas. Todavía no puedo comprender cómo pude reconocerlo.
Allí, delante de mí, estaba Antonio. No pude reprimir las ganas de preguntarle por el verano del 73.
Me embargó la emoción al descubrir cómo recordaba, con total nitidez, los mismos momentos que vivimos aquel mágico verano en el que todos nos descubrimos a nosotros mismos un poquito más.

1/6/11

El Viento en la Isla (Pablo Neruda)






El viento es un caballo:


óyelo cómo corre
por el mar, por el cielo.


Quiere llevarme: escucha
cómo recorre el mundo
para llevarme lejos.


Escóndeme en tus brazos
por esta noche sola,
mientras la lluvia rompe
contra el mar y la tierra
su boca innumerable.



Escucha cómo el viento
me llama galopando
para llevarme lejos.




Con tu frente en mi frente,
con tu boca en mi boca,
atados nuestros cuerpos
al amor que nos quema,
deja que el viento pase
sin que pueda llevarme.



Deja que el viento corra
coronado de espuma,
que me llame y me busque
galopando en la sombra,
mientras yo, sumergido
bajo tus grandes ojos,
por esta noche sola
descansaré, amor mío.

30/5/11

Escuchando a PABLO NERUDA (Los versos del capitán)

SI TÚ ME OLVIDAS


Quiero que sepas
una cosa.
Tú sabes cómo es esto:
si miro
la luna de cristal, la rama roja
del lento otoño en mi ventana,
si toco
junto al fuego
la impalpable ceniza
o el arrugado cuerpo de la leña,
todo me lleva a ti,
como si todo lo que existe,
aromas, luz, metales,
fueran pequeños barcos que navegan
hacia las islas tuyas que me aguardan.
Ahora bien,
si poco a poco dejas de quererme
dejaré de quererte poco a poco.
Si de pronto
me olvidas
no me busques
que ya te habré olvidado.
Si consideras largo y loco
el viento de banderas
que pasa por mi vida y te decides
a dejarme a la orilla
del corazón en que tengo raíces,
piensa
que en ese día,
a esa hora
levantaré los brazos
y saldrán mis raíces
a buscar otra tierra.
Pero
si cada día,
cada hora
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable.
Si cada día sube
una flor a tus labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas estará en tus brazos
sin salir de los míos.

Vistas al mar

La luz, el agua, la olas. El cielo, la arena, la sal, el sol. Azul, viento y mar.


(Playa de El Puerto de Sta. María)
Quiero olas de luz, sal azul, un cielo de arena, sol de agua, un mar de viento. Son de verdad.

25/4/11

EMBRIÁGUENSE

"Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.

Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.

Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:

“¡Es hora de embriagarse!"

Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo,

¡embriáguense, embriáguense sin cesar!

De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca".

Charles Baudelaire









21/4/11

MOMENTOS

Hace más de mil noches se me paró el reloj. Aunque era por la tarde, se hizo de noche porque venía atardeciendo ya unos meses. No me di cuenta hasta que dejé de sentir la brisa del aire, las voces de los niños, las campanas en la lejanía y el olor a tierra mojada. Cerré puertas y ventanas, apagué las luces y esperé que el tiempo fuera pasando.

A veces oí un murmullo aunque no supe distinguir muy bien qué me contaban…

Hace ya mas de doscientos soles que mis ojos despertaron y se hizo la luz de nuevo. El aire ululaba en mi balcón, las campanas cantaban sus horas y las risas de los niños, ligeras, subían flotando hasta mi ventana.

...Subí despacio hasta la azotea y comprobé en silencio la quietud del limonero, el laurel, el pino, la mimosa, las madreselvas, los jazmines, las yucas y la hiedra… la quietud y las hojas pintaban las paredes de amarillo.

La mimosa estaba rendida por la oscuridad de todas esas noches y acaso no parecía despertar del sueño. Comencé a regar todos los días y, al poco, todas las plantas despertaron, brotaron verdes y hermosas pero la mimosa no hacía sino quedarse más y más lacia. Hace dos lunas me situé frente a ella y mostrándole el agua le conté que era momento de crecer. Lo seco se poda y si tu quieres sale el verde. Yo regaré todas las noches y al amanecer. Esperaré el tiempo que tu quieras, te hablaré por las noches como a la luna y a las estrellas. Lloraré si te hace falta para humedecer tu tierra… ahí estaré.

Anoche, cuando todos dormían subí despacio para ver a la luz de la luna la mimosa. La noche era cálida y hermosa, las estrellas del mes de julio en el hemisferio norte me hacían compañía y, al poco de percibir las ramas, antes casi de poder verlas, me brotaron dos lágrimas. De la mañana a la noche cientos de hojitas cubrían sus ramas que yo creía perdidas. No me extraña, le dije, ya sé porque te llaman “mimosa”. Ahora podré besar a mi amor bajo su sombra en este caluroso y largo verano."

Todos buscamos momentos que deseamos amar, incluso, antes de conocerlos. Ese momento que esperas, para que te ame… hay que amarlo antes en el corazón.

20/4/11

Volver

Llevo días oyendo a mi alrededor que tengo mi mente en otro sitio y debe volver a mí: que estoy sorda, que estoy ciega e incluso que estoy muda.
He dejado de reír ruidosamente, como a veces hago. Hay rincones de mi casa oscuros porque yo no miro y paso de largo.

Me he propuesto hacerles caso. 
Recorreré todos los sitios donde estuve. Soy conciente de lo complicado de la empresa ya que estando ciega me encuentro algo desorientada.

He de intentar recordar los lugares por donde he pasado recientemente, a pesar de que he perdido muchos recuerdos para poder llegar hasta aquí . Así es que esto empieza a ser un laberinto.

Una madrugada ya pasada, recuerdo haber estado un momento en el Himalaya atesorando conchas, restos marinos y haciendo bonitas lámparas de sal. En Queensland juntando trocitos de coral para hacer un precioso collar, en el mar Muerto acaparando el agua que llega del Jordán.

En el Sáhara, recogiendo la escarcha que se forma por la noche, y hasta en lo alto de la roca Uluru en Australia, reuniendo hormigas con los Anangu... pero sé que no fue allí donde abandoné mis pensamientos.

Seguiré buscando, sí, seguiré buscando.

18/4/11

ZAPATITOS

Hace unos días, recuperé este "cuento" que guardé en una botella y arrojé al mar. Después de varios años, las olas lo devolvieron a la orilla. Este es mi cuento:

Cuando era niña, a veces, me sentía muy especial. Pensaba que algún día me ocurriría algo extraordinario.

Sentía un nudo en el estómago cuando sabía que me regalarían aquellos zapatos nuevos que tanto había deseado y que al fin llegaron.


Por la noche los dejaba junto a la cama y mirándolos me quedaba dormida, ilusionada.

Luego, al despertar, no cabía en mí pensando en que ya tenia mis zapatitos. Hace unas cuantas lunas alguien me regaló los zapatitos. Aparecieron en mi ventana arrastrados por un sueño.

Eran unos zapatos distintos, como nunca había visto: a la medida y confortables para caminar. Por momentos dudé, pero al fin pensé que aquellos zapatitos eran ese algo extraordinario que desde hacía tanto anhelaba... ¡No lo puedo creer! No me podía quitar los zapatitos, y a veces hasta me costaba dejarlos junto a mi cama por la noche. ¿Cómo habré vivido yo sin mis zapatitos?


Por la mañana me levantaba y lo primero que buscaba eran mis zapatitos... estaba esperando abrir los ojos para poder colocármelos y saber que el día sería mas fácil. Daba igual si había que subir o bajar, si se mojaban o ensuciaban, yo iba muy a gusto con ellos.

Durante días estuve mirando en mi armario para colocarlos en un buen sitio, pero no sabía cómo hacerlo porque yo solo quería llevarlos puestos. A veces me quedaba ensimismada mirando el espacio y siempre me acababa pareciendo muy pequeño.

 
Desde aquel día en que aparecieron los llevé puestos siempre que pude. Así, si miraba hacia abajo siempre los veía tan bonitos. Pero si tenía que guardarlos, aunque fuese solo un ratito, no sabía donde hacerlo.

Una noche olvidé quitarme los zapatitos y quedé dormida profundamente con ellos puestos. De madrugada desperté inesperadamente, sobresaltada miré y no encontré mis zapatitos.

¿Era todo un sueño?

4/1/11

MUJERES

Se lo dedico a Cecilia que fue quien me animó a escribir en el blog.

Es cierto, lo tengo pasusado desde hace tiempo. No lo abandono porque me gusta releer de vez en cuando las entradas. Disfruto leyendo lo que pensé en otros momentos.

Hace días que tengo en mente a varias mujeres cuya vida o personalidad me dejaron un recuerdo más allá de lo habitual:  Mileva Maric, Sonia Gandi, Salme (Emily Reute), Anita Delgado... Karen Blixen.

Me quedo, por ahora, con Mileva y Salme.

Mileva, creo, es una gran desconocida que llegó a mí a través de una biografía de A. Einstein. Quedé profundamente impresionada por su vida. Oculta, a la sombra de su marido, me resultó enigmática e interesante. Es quien más despierta mi curiosidad de todas ellas. Admiro su capacidad científica, su interés por las matemáticas y su resignación, aparente, con respecto a la persona con quien convivió durante unos años. Durante algún tiempo busqué información sobre ella, pero la sombra de Einstein es demasiado alargada y mujer-ciencia, en otros tiempos fue una combinación complicada.
Me pregunto, como tantos otros se han preguntado antes, si ella fue la verdadera autora de la Teoría de la Relatividad. Me gustaría pensar que no lo fue. Me gustaría pensar que la vida no fue tan injusta como para arrebatarle, también, ese "hijo".

Saber qué les tocó a otras mujeres, y cómo lo superaron, es algo que me atrae a menudo.

Emily Reute me fascinó por lo exótico de su origen y por la valentía de empezar una nueva vida en Alemania, lejos de su tierra. Hija del Sultán de Omar y Zanzíbar, Salme nació en 1844 y fue a vivir a Alemania al contraer matrimonio con un comerciante alemán en 1866. Relata, en sus memorias, una vida agradable, divertida, tranquila y llena de cariño en un harén.
Será porque me gusta lo exótico: la playa, la pimienta, la canela y la nuez moscada. Será porque no puedo imaginarme la vida en el harén si no es porque Emily describió la vida cotidiana con naturalidad, orgullosa de su mundo.
Por todo eso y porque admiro la fuerza y la decisión en las mujeres me agrada pensar en ello.

13/7/09

PENÉLOPE

Cuando Penélope nació, sus padres esperaban un niño.
Penélope tenía cinco hermanos y, por las mañanas, para entrar en el baño, debía esperar que los mayores fueran pasando delante de ella. Debía esperar en la mesa a que su madre fuese sirviendo a todos hasta llegar a ella, que era la pequeña.
Penélope esperaba y esperaba.
A punto de cumplir los quince, conoció a Ulises, un compañero de colegio que acostumbraba a llegar tarde a todas partes. Penélope era la única que le esperaba, cuando el resto de amigos se cansaban de hacerlo. Penélope y Ulises se entendían a la perfección: ella sabía esperar como nadie y Ulises acudía siempre tarde a las citas.
Durante años, Penélope esperó que Ulises le pidiera casarse con ella. Al fin, Ulises puso fecha a la boda, para después pedirle que esperase un poco más.
Unos meses después de la primera fecha acordada, llegó la esperada boda. Penélope estaba radiante. Su espera había merecido la pena.
Ulises solía viajar por su trabajo y Penélope le esperaba ilusionada a su vuelta. Los hijos que ambos esperaban, llegaron. Pero Penélope era especialista en esperar. Solía congeniar con quienes le hacían esperar.
Penélope esperaba a Ulises en casa al anochecer, cada día. A veces Ulises no llegaba.
Cada noche, Penélope se asoma a la ventana, a ver el regreso de Ulises. Hace tiempo que no sabe nada de él, pero Penélope sigue esperando. Penélope solo sabe esperar.

4/6/09

NUBE

.

Apareció de noche, como una nube en una tormenta de verano.

Apenas comenzó a llover, la nube se evaporó y millones de gotitas disgregaron el recuerdo; el vapor lo convirtió en un sueño.
Nunca volví a saber qué fue de la tormenta. Solo queda el olor a tierra mojada.
No pude parar de repetirme, de vuelta a mi sitio: ¿Somos humanos o somos marionetas?

12/5/09




Navacerrada/ 2.008/ Dolors

Me han empujado a callar
hasta los pensamientos.
Se perderán
como se pierden los
recuerdos,
prisioneros de las palabras
que nunca se han dicho.

8/5/09

ZAPATO



Encontró un mundo que le descubrió colores en las sombras; donde hasta el negro, se dejaba pintar de blanco.
En ese mismo instante, el zapato de la Cenicienta, decidió escapar de Palacio y vivir su vida.
Dolors

APERITIVO NOCTURNO


Collage/ Dolors

Se despertó con hambre, cansado.
Abrió la despensa i decidió comer luna. De entrada, la miró del derecho y del revés. Sonrió.
- ¡ Es perfectamente redonda!- dijo
A continuación, aspiró su aroma y le dió un bocado.

24/4/09

FANTASMAS


Cuando era una niña, hablaba a los fantasmas. A menudo, me venían a buscar de noche allá donde estuviera.

Por la noche, a oscuras y en silencio, es mas sencillo encontrarse con ellos. Dormía con las puertas abiertas porque traspasan paredes y muros, pero no yo; así es que, en caso de tener que salir corriendo, lo tendría mas fácil.
Cuando aún no tenía ocho años, se fue mi abuelo al "lugar de los fantasmas". Aquella noche soñé cómo él viajaba y de su mano conocí cómo llegar, pero me explicó que solo en sueños, y de la mano de un fantasma, puedes visitar el otro lado.

A punto de cumplir los once, mi otro abuelo tuvo que emprender el viaje. Días antes supe que se iría, pero no podía hacer nada. Aquella mañana, sentado frente a la mesa, cubierta de papeles, nos abandonó definitivamente. Yo ví como se iba y esperé a la noche para soñar.
Debió ser complicado llegar al mundo de los vivos y abandonar del todo este mundo. Hasta casi el amanecer no vino a mis sueños. Durante algún tiempo, los fantasmas acudían a visitarme, pero siempre, siempre, de noche.

Mi padre, que no creía en fantasmas, intentó disuadirme regalándome un libro, el cual trataba... sobre la cuestión de que... el alma humana puede encarnarse en otros cuerpos sucesivamente. Las posibilidades que nos da la reencarnación, según aquel libro, son múltiples y variadas. Así, uno puede explicarse por qué tiene una mancha en el costado de nacimiento, una verruga o protuberancia en el cuello, o por qué nos produce malas o buenas vibraciones una persona la primera vez que la vemos. Causas y lazos arrastrados de vidas anteriores. Pero siempre con la pega de que no podemos recordar nada de esas vidas.
Y yo, con el asunto de que... los fantasmas, aún leyéndoles el libro, no dejaban de visitarme. Creo que nunca se enteraron de que debían reencarnarse, porque ellos siguieron en su mundo.

Al cumplir los quince, mi cabeza empezó a llenarse de fantasmadas de otro tipo, así es que dejé de hacerles caso y ante mi abandono, debieron optar por retirarse. Ya me advirtieron que es difícil librarse de un fantasma. Algunos se quedan a vivir en algún rinconcito de nuestra mente y no hay forma humana de sacarles.
Con los años y la experiencia, he podido clasificar los variados tipos de fantasmas que pueden venir a visitarnos. Si vienen de fuera, es mas fácil controlarles pero si nacen en nuestra cabeza, se alimentan fácilmente de nuestra imaginación y cuando queremos darnos cuenta, ya se han hecho fuertes.

Demasiado tarde.

22/4/09

CUANDO SOPLA EL VIENTO

La tía Eloísa vivía sola en una casa antigua que por dentro parecía un palacio.
Un piano vertical con candelabros, de los que pendían vistosas telarañas, desprendía el olor a caoba que impregnaba el salón. También olía a galletas.

Las noches de tormenta, encendía velas por toda la casa y se servía una copita de Courvoisier, que apuraba sorbo a sorbo, hasta que ésta se alejaba. Veíamos el resplandor del relámpago y contábamos de uno en uno hasta escuchar el trueno.

Ocupaba un sillón de orejas que heredó de su madre mientras nos hablaba de que los recuerdos se almacenan más o menos desordenados, con hilitos de los que penden los nombres de las cosas, de los olores, de los sonidos y de los colores…
Como etiquetas que cuelgan de globos, estas se agitan cuando por un resquicio penetra el viento y desplaza la arena que da forma a las dunas del olvido.
Los hilos encadenados arrastran, unos detrás de otros, los recuerdos enlazados por situaciones de coincidencia.
La tía Eloísa nos dijo que los sueños abren de par en par las ventanas para que sople el viento.
A menudo sueño con ella.

16/4/09

16/04/09


La luna no sabe
que sale de noche,
que viaja lentamente
por los tejados,
bordados en las sábanas.
Se desconoce a si misma.
Ni siquiera recuerda,que es luna.
Dolors

9/4/09

EL PRINCIPIO DE DIRICHLET


Apenas podía leer los informes que cada mañana le presentaba su secretario. Samanta llevaba días en que las hojas se convertían tan solo en un saco de palabras sin sentido. Su mirada hacía un barrido que computaba la cantidad de sustantivos, verbos, adjetivos o artículos que tenía el documento. Ángel, su ayudante, la observaba de reojo sin saber qué le ocurría a ella, exactamente, cada vez que leía un dosier.

Samanta abría los ojos de forma exagerada, pasaba las hojas compulsivamente y, al final, como en una pizarra, leía en su cabeza el cálculo final. Sabía la cantidad de comas o de espacios; los puntos, las admiraciones, los títulos en negrita o los subrayados. Los números se convertían en palabras y podía saber la cantidad de letras que formaba cada número al pronunciarse, en segundos. Las palabras se convertían en números y los números en palabras, que después eran letras y acababan siendo otra vez un número.

Jaime, el director, esperaba impaciente las conclusiones de Samanta desde hacía una semana. En tan sólo cuarenta y ocho horas, tendrían que volar hacia Dubai con el análisis detallado de la propuesta. Pensó en cómo exigirle una respuesta a ella. Le gustaba demasiado y eso le incapacitaba, en parte, para enfrentarse. Sam no era especialmente atractiva pero su mirada y el olor de su pelo le había cautivado.

Ella miraba con ansiedad la puerta de su despacho, esperando que él apareciese, impecable, rotundo. Sus ojos iban de los documentos a la puerta y volvían a posarse en el escrito. Sentía caminar el corazon por sus sienes, el cálido aliento que desprendía por su nariz apresuradamente...
Así ocurrió: la sombra de Jaime apareció tras el cristal de la puerta y ésta se abrió con ímpetu.

Samanta lo miró fijamente y en voz baja le dijo:

- Doce, llevas doce prendas sobre tí y sobre tu cabeza 151.115 cabellos.

Él contestó:

- ¿Has estado de nuevo leyendo a Dirichlet?

8/4/09

LA MITAD

He estado toda la tarde mirando por la ventana, sin moverme, casi sin pestañear.
Pero solo recuerdo la mitad de todo lo que he visto. Solo la mitad.
Mi madre dejó una nota escrita sin acabar. Fue a media tarde cuando desapareció como un fantasma. Recogió la mitad de sus cosas y salió por la puerta de casa para no volver nunca.Yo tenía ocho años y Rafa, siete.
Olía a jazmín y rosas, la ventana estaba medio abierta y pudimos ver como su silueta se desvanecía ligera, seguida de una sombra muy alargada; el ruido de los coches, y el bullicio de la gente, envolvió el sonido de sus tacones mientras se alejaba.
Papá leyó casi la mitad de la carta de mamá y la dejó muy bien doblada en la mesita redonda, junto a la ventana. Después preparó un café pero solo pudo beberse la mitad... Tomó un libro entre sus manos, encendió su pipa y todo continuó como si nada hubiera pasado.
Rafa y yo estuvimos buen rato mirando por la ventana.

6/4/09

VACÍO

...Ramiro observó la casa completamente vacía. En cada habitación podían verse las siluetas de todos los muebles y un halo alrededor de las ventanas donde habían estado colgadas las cortinas, adivinaba, casi siempre en la misma posición. En la cocina, los baldosines impolutos aparecían blancos y brillantes donde estuvieron los armarios. Caminó una y otra vez sobre sus pasos, escuchando el eco de sus zapatos en las losetas de toda la casa, oyendo sus pensamientos al ritmo de sus pisadas.

El cuarto de baño tenía una bañera redonda impresionante, con grifos de plata resplandecientes, como espejos. Una mampara diamantina fraccionaba un rayo de sol que planeaba desde el tragaluz del techo. Se inclinó sobre la bañera y abrió el grifo del agua caliente al máximo hasta que todo el cuarto se llenó de un vapor denso y ardiente.

Ramiro apoyó la espalda en una de las paredes frente a la mampara, se dejó caer deslizando su espalda húmeda y quedó sentado en el suelo. El líquido condensado en el cristal fue dibujando, lentamente, una frase, un párrafo transparente pero nítido. Las gotas surgieron de su frente y resbalaron por la nariz y las mejillas. Las cejas, los ojos y los labios se humedecieron, respiró profundamente. Sin perder de vista la frase, se dirigió hacia la bañera a punto de desbordarse y se sumergió dentro sin quitarse la ropa. Cerró los ojos...

28/3/09

UN HUEVO EN UNA MALETA (II)

El sonido de los pestillos de seguridad le parecieron atronadores en el silencio del portal, pero al fin, la entrada le mostraba vía libre para sus propósitos: descubrir el paradero de Ramón.
Encendió la luz y recorrió aquel pasillo larguísimo, con las puertas de las habitaciones cerradas, escuchando sus latidos en la garganta. Llegó hasta el final y, volviendo sobre sus pasos, fue abriendo cada una de ellas y encendiendo las lámparas. Todo estaba ordenado, impoluto y, a simple vista, nada le hablaba de tan injustificada ausencia.

Con sus ojos extraviados revisó una y otra vez desde distintos ángulos, paseando dentro de las habitaciones, empapándose de cada detalle, tocando los muebles, mirando al trasluz las mesas y hasta se agachó a mirar bajo las camas. Debajo de la que fuera la cama de la señora Juana, había una maleta bastante grande de la que tiró hasta que quedó totalmente a la vista. Dedujo que estaba repleta por el peso que percibía y, muy decidida, estuvo a punto de abrirla. Pero el sentimiento de culpa la detuvo. Inmediatamente, volvió a colocarla, se puso en pie y se dirigió a la cocina de forma casi automática; abrió el frigorífico y, tan solo encontró un huevo moreno, tamaño L, cuya fecha de caducidad llegaría dentro de seis días. El resto de los estantes estaban completamente vacíos. Cerró y abrió la puerta del refrigerador varias veces, hasta que decidió volver a su casa tras dejar todo tal cual lo había encontrado.
...
Aquella noche, Catalina llenó su cama de pesadillas: un huevo gigante se incubaba en la maleta durante semanas y, al fin, eclosionaba bruscamente dejando al descubierto un monstruo de dos metros. Con apariencia de dinosaurio, el engendro, que tenía la cara de Ramón, crecía desmesuradamente y acababa convirtiéndose en un King Kong terrorífico que abatían unos platillos volantes...

El día diez de su particular cuenta, marchó al trabajo con tal desasosiego, que hasta se lo advirtieron todos los compañeros. Su cabeza no paró de alimentar el bucle de la inquietud que la estaba devorando. Al terminar la jornada laboral, se encaminó hacia su casa ensimismada en sus pensamientos. Entró en ella, abandonó a su suerte el chaquetón y el bolso en el sofá sin ningún cuidado, y se dirigió a la casa del vecino que, por supuesto, mantenía el felpudo en posición vertical pegado a la pared.

Esta vez, Catalina decidió ir sin vacilación hacia la maleta y abrirla. Tiró de ella violenta y compulsivamente, desarrollando una fuerza hercúlea desconocida hasta aquel momento para ella. El corazón se salía por su boca, mientras que le venían a su cabeza las imágenes del huevo gigante eclosionando ante sus ojos. Desechó tales pensamientos y comenzó a mover la cremallera en el sentido de la apertura. Hasta que no completó el recorrido del cierre, no intentó ver el interior de la maleta. Fue entonces cuando abrió la misma y, la boca en que la misma se convirtió al instante, escupió a presión ropa femenina multicolor: vestidos y zapatos de firma, camisetas, zapatos de fino tacón, zapatillas color fucsia con adorno de marabú y hasta un picardías de raso, rojo pasión.
Catalina guardó la ropa con celeridad y solo pudo formularse una pregunta de vuelta a su sitio: ¿dónde está Ramón?

Durante tres días, se propuso no entrar de nuevo y abandonar la “misión” emprendida. Hablaba para sí pretendiendo convencerse de que debía ignorar la existencia de una puerta enfrente de la suya que daba paso a un piso, que… en nada le interesaba.

El día que anunciaba el número catorce de la ausencia de Ramón, llevó consigo las llaves del piso y a la vuelta de su trabajo, entró directamente en casa del juez, atropelladamente, sin fijarse en la posición del felpudo que permanecía inamovible como en días anteriores.
Se condujo a toda prisa hacia la habitación principal y abrió los armarios: no había ni rastro de los trajes, ni de las camisas, ni de los zapatos del vecino. Entró en la cocina y miró en el frigorífico: allí seguía el huevo de tamaño L, al que le quedaba un solo día para caducar.

Cerró puertas, apagó luces, echó los cierres de la casa del vecino y cruzó el rellano para ir a prepararse la cena. Una vez más, anunció a su conciencia que el caso quedaba cerrado. Como era viernes, intentó planificar un fin de semana fuera de casa para olvidar todo lo sucedido los últimos días.A la mañana siguiente, al levantarse, ignoró el calendario marcado con su peripecia, lo volvió hacia otro lado para no verlo y continuó su ajetreo matutino. Al salir de la ducha, comenzó a oír pasos con sonidos de tacón en casa de Ramón. Se vistió rápidamente y comprobó, entreabriendo la puerta de su piso, que el felpudo estaba colocado perfectamente delante de la puerta. Bajó a la calle y observó las persianas del vecino levantadas hasta arriba. Subió de nuevo a su casa y empezó a pensar en qué hacer. El ruido de los tacones al otro lado de su salón la enervaba aún más, cuando, inesperadamente, se oyeron los cierres de la casa de Ramón. Pegó el ojo a la mirilla y observó a una mujer de espaldas a ella, cerrando la puerta, que llevaba un vestido de los que había en la maleta bajo la cama. Catalina, sin pensar un segundo, abrió bruscamente la puerta y lanzó la frase, elevando el tono: “¡Oiga, ¿dónde está Ramón?!”. La mujer, con toda tranquilidad, terminó de cerrar la puerta, se dio la vuelta y le dijo con una tímida sonrisa: “¡Catalina! Soy yo. Ahora soy Natasha”.

25/3/09

LA LUZ ES COMO EL AGUA. Gabriel García Márquez


En Navidad los niños volvieron a pedir un botó de remos. De acuerdo — dijo el papá—, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena. Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
— No — dijeron a coro—. Nos hace falta ahora y aquí.
— Para empezar — dijo la madre—, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretujados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
— El bote está en el garaje — reveló el papá en el almuerzo—. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.
Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
— Felicitaciones — les dijo el papá— ¿Y ahora qué?
— Ahora nada — dijeron los niños—. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está. La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al eme. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llegó a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.
Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces. — La luz es como el agua — le contesté—: uno abre el grifo, y sale. De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
— Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada — dijo el padre—. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
— ¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? — dijo Joel.
— No — dijo la madre, asustada—. Ya no más. El padre le reprochó su intransigencia.
— Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber — dijo ella— pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.
Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.
En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.
El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.
— Es una prueba de madurez — dijo.
— Dios te oiga — dijo la madre.
El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel, la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama. Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de
baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.
Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.


(Extracto de "Doce cuentos peregrinos)
Diciembre 1978.

21/3/09

UN HUEVO EN UNA MALETA (I)





Cuando murió su madre, Ramón entregó las llaves de su casa a Catalina, una vecina de confianza. Aunque Catalina era de la edad de Ramón, la señora Juana supo mantener una buena relación de vecindad con ella hasta el último suspiro.


Ramón nunca conoció a su padre porque este falleció poco después de ser concebido, de manera que su familia se reducía a su madre y a un minúsculo círculo de amistades relacionadas con su profesión. Había cursado sus estudios en un buen colegio destacando la abundancia de sobresalientes en cada uno de los cursos; continuó en la Universidad, hasta concluir la carrera de derecho con un expediente envidiable. Con poco más de treinta años, consiguió la plaza de Juez en el destino deseado. Todo ello sin ninguna estridencia, sin atisbo de duda a cada paso marcado y con el incansable apoyo y dedicación de su madre. Pocos meses después de tomar posesión de su plaza, su principal apoyo, la señora Juana, falleció inesperadamente.


Catalina solía coincidir con él en el rellano o en el portal, en alguna de las entradas o salidas cotidianas, pero desde hacía al menos una semana no había rastro de Ramón. El felpudo de la puerta de su casa llevaba varios días apoyado en la pared, tal cual lo dejaba la señora que limpia las escaleras martes y jueves, por lo que la vecina empezó sentir cierta inquietud sobre el paradero del juez. Tampoco se veía luz por la noche en la vivienda como era habitual. Por el patio de luces, donde asomaban todas las cocinas de las cinco plantas del edificio, era fácil observar a través de las ventanas esmeriladas, el trajinar del vecindario entre las nueve y las once de la noche.


Cada día, la intriga de la vecina iba en aumento; acaso se estaba convirtiendo en una obsesión que le hacía despertar a altas horas de la madrugada. Miraba compulsivamente por la mirilla y pegaba la oreja a la pared del salón que mediaba entre su piso y el del juez. El muro de ladrillo hacía de caja de resonancia de cualquier movimiento con percusión que ocurriera en otras plantas, lo que le volvía aún más impaciente. Por la mañana, antes de ir a su trabajo, después de comprobar que el felpudo continuaba erguido -lo que indicaba que no había habido ningún cambio-, señalaba en un calendario los días de ausencia: el último marcado era ya el número nueve.


En el noveno día de obsesión, Catalina decidió que al fin entraría en la vivienda “abandonada” cuando llegara a casa si las cosas seguían igual. De manera que a las ocho de la tarde, se dirigió hacia el portal como solía hacer, pero con la convicción de que esta vez, el plan daría algún fruto que aliviase su incertidumbre. Catalina abrió la puerta de su casa, dejó el chaquetón y el bolso, cogió las llaves del vecino y, conteniendo la respiración, se dirigió a la puerta de enfrente. Introdujo lentamente la llave y la giró cinco veces...
(Continúa)

15/3/09

YA LO DIJO ...

Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistes en permanecer en ella más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando círculos, o cerrando puertas, o cerrando capítulos, como quieras llamarlo.
Lo importante es poder cerrarlos, y dejar ir momentos de la vida que se van clausurando. ¿Terminó tu trabajo?, ¿Se acabó tu relación?, ¿Ya no vives más en esa casa?, ¿Debes irte de viaje? ¿La relación se acabó?
Puedes pasarte mucho tiempo de tu presente "revolcándote" en los porqués, en devolver el cassette y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho. El desgaste va a ser infinito, porque en la vida, tú, yo, tu amigo, tus hijos, tus hermanos, todos y todas estamos encaminados hacia ir cerrando capítulos, ir dando vuelta a la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la vida y seguir adelante.
No podemos estar en el presente añorando el pasado. Ni siquiera preguntándonos porqué. Lo que sucedió, sucedió, y hay que soltarlo, hay que desprenderse. No podemos ser niños eternos, ni adolescentes tardíos, ni empleados de empresas inexistentes, ni tener vínculos con quien no quiere estar vinculado a nosotros.
¡Los hechos pasan y hay que dejarlos ir! Por eso, a veces es tan importante destruir recuerdos, regalar presentes, cambiar de casa, romper papeles, tirar documentos y vender o regalar libros. Los cambios externos pueden simbolizar procesos interiores de superación. Dejar ir, soltar, desprenderse. En la vida nadie juega con las cartas marcadas, y hay que aprender a perder y a ganar. Hay que dejar ir, hay que dar vuelta a la hoja, hay que vivir sólo lo que tenemos en el presente.
El pasado ya pasó. No esperes que te lo devuelvan, no esperes que te reconozcan, no esperes que alguna vez se den cuenta de quién eres tú. Suelta el resentimiento. El prender "tu televisor personal" para darle y darle al asunto, lo único que consigue es dañarte mentalmente, envenenarte, y amargarte. La vida está para adelante, nunca para atrás. Si andas por la vida dejando "puertas abiertas", por si acaso, nunca podrás desprenderte ni vivir lo de hoy con satisfacción.
¿Noviazgos o amistades que no clausuran?,¿Posibilidades de regresar? (¿a qué?) ¿Necesidad de aclaraciones? ¿Palabras que no se dijeron? ¿Silencios que lo invadieron? Si puedes enfrentarlos ya y ahora, hazlo, si no, déjalos ir, cierra capítulos. Dite a ti mismo que no, que no vuelven. Pero no por orgullo ni soberbia, sino, porque tú ya no encajas allí en ese lugar, en ese corazón, en esa habitación, en esa casa, en esa oficina, en ese oficio. Tú ya no eres el mismo que fuiste hace dos días, hace tres meses, hace un año. Por lo tanto, no hay nada a qué volver. Cierra la puerta, da vuelta a la hoja, cierra el círculo. Ni tú serás el mismo, ni el entorno al que regresas será igual, porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático. Es salud mental, amor por ti mismo, desprender lo que ya no está en tu vida. Recuerda que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo. Nada es vital para vivir porque cuando tú viniste a este mundo, llegaste sin ese adhesivo.
Por lo tanto, es costumbre vivir pegado a él, y es un trabajo personal aprender a vivir sin él, sin el adhesivo humano o físico que hoy te duele dejar ir. Es un proceso de aprender a desprenderse y, humanamente, se puede lograr porque, te repito: nada ni nadie nos es indispensable. Sólo es costumbre, apego, necesidad. Pero cierra, clausura, limpia, tira, oxigena, despréndete, sacúdete, suéltate.
Hay muchas palabras para significar salud mental y cualquiera que sea la que escojas, te ayudará definitivamente a seguir para adelante con tranquilidad.
¡Esa es la vida!
Paulo Coelho
Conviene recordarlo...

2/12/08

LA PESADILLA DE ALICIA




El sonido de las sirenas se fue alejando por la C-24, ya no podía oírlas. Dejó de sentir calor o frío mientras experimentaba el vértigo que había conocido tirándose en paracaídas desde la avioneta: los primeros momentos en caída libre, la presión en el cuerpo, la velocidad imparable... Jaime se sumergió en un sueño profundo que lo dejó inmóvil.

Alicia, su mujer, recibió la noticia confundida por lo inesperado del suceso. Al poco, el shock inicial dio paso al desasosiego que el interrogante despertó en su vida acerca del destino hacia el que Jaime viajaba aquel trágico día. En las prolongadas noches de insomnio, visualizaba la vida como una carretera, e intentaba razonar para sí misma con la esperanza de encontrar respuesta:

“Todos los accidentes son inoportunos, cuando menos. Nuestro camino vital tiene un origen desde el que partimos y un objetivo, hacia el que nos conducimos, no siempre conocido. De manera similar, iniciamos un recorrido por una carretera seguros de alcanzar el final del trayecto. Un imprevisto, una variable con la que no contamos, aparece intempestivamente y se abre un paréntesis; a veces, el objetivo hacia el que nos dirigimos no deja de ser un interrogante, incluso, para nosotros mismos”.

Cargada de dudas, lo visitaba a diario. El diagnostico pronosticaba no más de cuatro meses de inconsciencia ya que la evolución de las lesiones así lo indicaban, aunque ella tenía sus reservas. Se sentaba junto a la cama del hospital y le hablaba con infinita ternura.

—Jaime, las niñas ayer fueron de de excursión a La Granja para festejar la llegada de la primavera. Tenías que ver a Marta contando cómo son los jardines repletos de flores que rodean el Palacio de Felipe V decorado con bellísimos tapices. Una prodigiosa fuente impulsa el agua hasta las nubes, y el murmullo del líquido al caer te transporta a otra época. Cuando amanece, dicen, el Palacio tiene una fachada que refleja la luz de manera especial en un bonito color rosa. Puedo imaginarme ataviada a la moda del XVIII, caminando por aquellas estancias; escuchando al anochecer, junto a ti, un concierto de arpa y clavicémbalo o, tal vez, un cuarteto de cuerda con música de Telemann. Mañana traeré una de tus preferidas de Haendel: “Música acuática”, celebraremos el cumpleaños de Ana llenando de música la habitación… haremos otra fiesta cuando despiertes.

Cada día, acallando sus incertidumbres, ella le mostraba el periódico que acababa de comprar y leía las noticias más relevantes; incluso le explicaba el tiempo que haría al día siguiente, la clasificación de equipos en la Liga de fútbol.

Alicia descubrió en algún gesto, que la música llegaba directamente al fondo del corazón de Jaime, sin necesidad de atravesar sus tímpanos. El “dormido”, como ella le llamaba, era especialmente sensible al “Verano” de Vivaldi. Acaso el ritmo creciente los violines o la explosión acústica, que simulaba tormentas estivales, removían su consciencia desde lo más profundo. El sonido de los instrumentos musicales —pensaba—, tiene una magia que traspasa las fronteras que rodean el alma, su energía hace vibrar las partículas de nuestro cuerpo y, tarde o temprano, acabará despertando.
Cuando ella regresaba a casa, apilaba la prensa del día en el despacho de Jaime. El cuarto permanecía aparentemente intacto desde el trágico accidente, aunque Alicia no se resistía a indagar entre sus cosas en busca de una respuesta. Varias columnas con las publicaciones se levantaban en perfecto orden desde el suelo. Su teléfono móvil y algunos recortes de revistas permanecían en la mesa junto a su agenda enmudecida desde el veinte de Enero. A menudo, presa de la desesperación, deseaba en su interior que se descubriese la traición por parte de Jaime aquella fatídica tarde, para poder dejar de lado el sufrimiento que le provocaba verlo así.

Por las noches, Alicia pasaba a visitar a las niñas que vivían con los abuelos desde que ingresaron a su padre. Ella prefería permanecer en su casa, durmiendo en su cama, a la espera; como si su marido fuera a llegar de un largo viaje en cualquier momento. Se desmadejaba en el sillón antes de ir a dormir y leía los libros que el ausente había dejado a medias. A ratos, cuando no podía conciliar el sueño, abría el armario de él, buscaba entre su ropa, tocaba sus corbatas, inhalaba su perfume, se calzaba unas zapatillas suyas e intentaba caminar por la casa mirando cada objeto con los ojos de Jaime.
Cuando había partido de fútbol, echaba hielo en un vaso con algún licor y, desde el sofá, veía y escuchaba todo el juego; imitaba sus ademanes, imaginaba que era él.

Un tarde que fue a visitarlo, olvidó el periódico del día. Intentó contarle las anécdotas acaecidas, pero hacía días que no veía a sus hijas y su trabajo era tan monótono que no tenía mucho que contar. Puso música antes de empezar a hablar e improvisó:

—Jaime, iré a la agencia de viajes mañana mismo. En mayo, celebraremos nuestro aniversario. ¡Podemos planear un circuito por Europa! ¡Me gustaría incluir Pilsen, Heidelberg, Bergen, Poznan!… Tendremos que regresar al Hollander Hof en Heidelberg, para contemplar el puente del Neckar, comprar juguetes, subir al Castillo…

Alicia se escuchaba a sí misma. Sus palabras rebotaban en las paredes de la habitación, y regresaban hasta ella que permanecía inmune al desaliento. Continuó sumergida en el periplo deseado durante horas hasta que tuvo que marcharse.

A la mañana siguiente, subió al coche y condujo por la C-24 hasta a la agencia según lo previsto. No había vuelto a pasar por allí desde que su marido abrió el paréntesis en aquella maldita curva.
En poco más de quince minutos llegó a su destino, atravesó la entrada principal del Local y se dirigió hacia una de las mesas libres. Tomó asiento sin que nadie se percatase de su presencia; mientras, la empleada conversaba, abstraída, por teléfono.



Su mirada perdida escrutaba, como otras veces, desde que la curiosidad era una vieja aliada en busca de respuestas. Lo hacía en cualquier sitio, instintivamente, sin apenas ser consciente.
La llamada se prolongaba y Alicia fijó su atención en un sobre que emergía de un montoncito de papeles plegados, en la mesa de al lado. Se leía con claridad: “Jaime…”. Segura y con determinación, Alicia, sin pedir permiso, tomó el sobre entre sus manos y pudo terminar de leer: “Jaime Rincón”. Se levantó muy digna, a la vez que se despedía con la mano, y se dirigió al coche.
Abrió el vehículo, se situó en el asiento del conductor y rasgó el sobre sin vacilar.



Ante sus ojos, se encontraban dos billetes de avión con destino Frankfurt* para el treinta de abril a nombre de Jaime Rincón y Alicia Campos. Un Post-it anunciaba: “abonado, recogerá el veinte de enero”.



*El aeropuerto más cercano a Heidelberg se encuentra en Frankfurt.

25/9/08

PARA PERDERSE












En la región de Liguria (Italia), hay una ensenada en la Bahía de Capodimonte, cuyas aguas albergan el Área Marina Protegida de Portofino; allí se encuentra uno de los lugares más hermosos e inaccesibles de Italia: un pequeño pueblo marinero con la Abadía de S. Fructuoso y la Torre de los Doria.


Como puede observarse, por lo escarpado del terreno, el acceso solo es posible a través del mar, desde Camogli u otros lugares tan pintorescos y exclusivos como Sta. Margherita o el mismo Portofino.

20/9/08

EN UN LUGAR DE PANAMÁ (I)





Mario acabó de redactar el informe exactamente a las nueve de la mañana. En ese momento, sonó el teléfono de su oficina: era Paul desde su sede en Madrid. Había olvidado que eran ya las tres de la tarde en España y que esperaban su llamada antes de comer. Llevaba casi cuatro horas en su mesa ultimando detalles en un escrito que debía terminar antes de ir hacia el aeropuerto. Durante unos minutos, intercambió unas palabras con él, asintiendo con la cabeza y esbozando una leve sonrisa cuando colgó el teléfono.

Solo le quedaba concretar algunos detalles con su socio en Montreal y recoger algunos objetos del almacén en el piso inmediatamente superior.
Pensó lo angustioso del clima tropical de Panamá, lo que le agotaba y hasta adormecía durante los días o semanas que pasaba revisando las cuentas en la sucursal de Colón.

La fábrica de motores consistía en una nave rudimentaria adosada a una edificación de dos plantas algo antigua y deteriorada por efecto de la humedad y los vientos caribeños. Instalada en el puerto de Cristóbal, en la zona industrial, llevaba funcionando varios lustros con una evolución en el desarrollo del negocio desigual, pero Mario se resistía a decidir sobre su final. Tenía una corazonada que le llevaba a aguardar el despegue definitivo, que le confirmaría sus deseados buenos augurios año tras año.

Subió las escaleras pensativo y, al abrir la puerta del almacén empujando con la mano levemente al tiempo que hacia girar la manilla, sintió en el dedo índice un leve pinchazo. Miró la cara interna de su mano derecha y no pudo ver nada. Continuó caminando a oscuras por el desordenado espacio, apenas iluminado por un tragaluz.

Un haz de sol penetraba por un pequeñísimo ventanal ciego, algo roto en una esquina, durante las primeras horas de la mañana. Después de rebuscar, encontró una cajita envuelta y precintada, que metió en el bolsillo de su pantalón. Miró el reloj bajo el hilo de luz y decidió que era hora de salir hacia el vehículo que le aguardaba...

16/9/08

LA FABRICA (1908-2008)






Plano de la Fábrica de Cerámica
Reproducción: Alfredo Ruiz de Luna



Dejó sobre el recibidor los dos tibores, se dirigió a la cocina y, con una amplia sonrisa, dio dos besos a mi madre que estaba preparando la comida.
Ella casi no se percató de la cara de felicidad que traía, ni de que era viernes; y los viernes, Román, el anticuario, se acercaba al despacho de mi padre con las mejores piezas de cerámica que llegaban a su almoneda.

A mi padre le brillaban los ojos mientras se le iba deslustrando el bolsillo a costa de sus compras, pero no intentaba evitarlo. Su pasión por la cerámica iba más allá de lo puramente artístico; era un ferviente admirador del abuelo Juan y de toda su obra.
La pérdida humana del genio le había llevado a buscarlo, y a encontrarlo, allá donde quiera que su rastro artístico permaneciese más o menos indeleble. Con sigilo y con paciencia, con tesón y con lo que presupuesto permitiese, iba rescatando piezas de distintas épocas y alfares a las que situaba, con el mayor de los esmeros, en el lugar más apropiado de la casa.

Mi padre agarró a mi madre de la mano y la condujo ante las dos piezas. Eran dos auténticos tibores de “La Fábrica”, en perfecto estado, con los amarillos y azules limpios y brillantes, con aquel blanco único e inconfundible. Era fácil observar a simple vista que habían sido preservados de cualquier deterioro durante décadas. Probablemente, habrían estado en manos de alguien que apreciaba esas dos obras de arte.
Mi madre, esta vez, no se atrevió a hacer un mínimo reproche por el desequilibrio que el dispendio ocasionaría en la economía familiar. Aquel día, yo misma pude ver a mi padre colocando los tibores en el salón, en el lugar que mejor se podían admirar; permaneció sentado en su sillón contemplándolos el resto de la tarde, hasta que los últimos rayos de sol que acariciaban sus formas redondeadas, difuminaron y mezclaron los amarillos y azules de todas las piezas de su pequeña colección. Entonces, yo misma pude ver cómo los ojos de mi padre se humedecían llenos de felicidad y de recuerdos de su infancia en “La Fábrica”.


Desde que tuve uso de razón, conocí en cada movimiento, en cada pensamiento, en cada mirada de mi padre, la profunda huella que el abuelo Juan había dejado en aquel niño que vivió, en primera persona, el final de una época que agotaba sus días de esplendor.

10/9/08

PINTADAS EN CARTAGO


Unas privilegiadas gallinas de guinea pasean apaciblemente por las ruinas de Cartago, en una calurosa tarde de agosto.
















Al fondo, el cielo y el mar se funden en dos tonos de un intenso azul turquesa.

















10/8/08

CASIOPEA DE SILVIO RODRIGUEZ



CASIOPEA

“ Como una gota fui de la marea

la playa me hizo grano de la arena,

de la arena.

Fui punto en multitud por donde fui,

nadie me detectó y así aprendí.

Cuando creí colmada la tarea, volví mi corazón a Casiopea,

Casiopea.

Cumplí celosamente nuestro plan:

Por un millón de años esperar, esperar, esperar.

Hoy llevo el doble dando coordenadas,

pero nadie contesta mis llamadas...

¿Será que me he quedado sin hogar?

Hoy sobrevivo apenas a mi suerte

lejano de mi estrella, de mi gente.

El trance me ha mostrado otra lección:

El mundo propio siempre es el mejor.

Me voy debilitando lentamente,

lentamente.

Quizá ya no sea yo cuando me encuentren...”

Silvio Rodrígue

6/8/08

PRECISIÓN ASIÁTICA



Un restaurante chino en Twickenham mostraba, con precisión asiática (y puntualidad inglesa), su oferta de precios en los menús infantiles.

Como apunta el cartel "los niños que miden menos de 1,40 cm pagan menos"; tan solo 3,70 libras. No importa la edad.
Si eres bajito, pagas menos. ¿Los niños de hasta 1,40 cm comen menos?

:-))

¿Tendrán un metro a la entrada? En fines de semana y en las cenas, no se especifica altura.

31/7/08

Ruta alternativa





Encontré esta curiosa imagen en las inmediaciones de Haslemere.
Bajé del coche y me dispuse a grabar este momento.

¿Quién no ha sentido alguna vez en su cabeza algo parecido?

Recomiendo no seguir la indicación en ningún caso: el atasco podría ser monumental. :-))

26/7/08

Canelo ha regresado feliz de su paseo. Sus ojos dulces me miran agradecidos. Su lengua soma el cansancio de las carreras por el bosque. Estamos sentados, los dos, frente a una mar calma; la brisa de la tarde nos acaricia. Es el momento de pensar con amor en aquellos que están lejos.

Mar

saludos de Canelo y Marga

A mi perro
le ha mordido la cola
un rayo rabioso.

Su ladrido asustado
se ha fundido en un grito
con la voz de los truenos.

El mar y el cielo
se han hecho uno.

Bajo mi cama 
asoma un hocico nervioso
buscando cobijo en mi zapatilla.

Otra voz celeste y grave
retumba en los cristales,
hocico y pata reculan de un salto.

Canelo tiembla como una hoja
enroscado bajo el manto protector
de mi colchón.

Mar

15/7/08

UN REGALO

" Si yo pudiera dejarles algún regalo,
dejaría acceso al sentimiento
de amar la vida de los seres humanos.

La conciencia de aprender todo lo que fue enseñado por los tiempos idos...

Para recordar los errores que fueron cometidos y que no se repetirán jamás.

La capacidad de escoger nuevos rumbos.

Les dejaría, si pudiera, el respeto por aquello que es indispensable:

Además del pan, el trabajo.

Además del trabajo, la acción.

Y si todo faltara, un secreto:

El de buscar en el interior de si mismo la respuesta y la fuerza para encontrar la salida... "

Mahatma Gandhi