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Meseta Castellana
BIENVENIDO

8/6/12

UNA LUNA EN EL HORNO

Cuando Rebeca nació, todos se dieron cuenta que desprendía un olor especial, dulce y tierno, difícil de describir. El olor atraía hacia ella las miradas e incitaba a acercarse, a olerla y a estrecharla; a tocarla. 

Rebeca era como un bollito de leche, suave y esponjoso al tacto. Tan agradable a  la vista como su aroma: su carita era sonrosada, los ojitos risueños y sus labios finamente perfilados eran de un color rojo vivo. 
Como decían los mayores, daban ganas de comérsela. La abuela Celia fue la primera en darse cuenta de que era una niña diferente, no solo por lo dulce y tierno que era su olor.

Rebeca fue creciendo y seguía siendo el centro de atención: su aroma era inconfundible por donde pasaba. No era muy grande y sus ojos oscuros penetraban allá donde miraba como si de unos Rayos X se tratara. 
Lucía una melena cobriza (como el color de un bollito tostado) que lanzaba destellos al iluminarla el sol como ninguna otra y destacaba en su cara una sonrisa muy especial. 

La niña observaba  su alrededor, desde su universo dulce, tan diferente a ella. Imaginaba como sería no desprender ese olor empalagoso que a todos acercaba y acababa empachando. 
Tenía una atracción sobre los demás muy poderosa. Parecía que los brotes de aroma iban acompañados de una sensibilidad, un sexto sentido que atraía a la vez que sorprendía. 
Despertaba la envidia de sus compañeros de colegio pero solía estar a menudo en su dulce mundo rodeada de curiosos.
Imaginaba a otros niños y pensaba cómo se sentirían si les dijeran que parecían un chorizo o un queso, incluso una cabeza de ajos pelada, por el olor. Nadie se acercaría a ellos. 
Sin embargo el ser como un bollito de leche con cierto perfume a mantequilla azucarada, era atractiva e inquietante. La gente acudía a su lado pero acababa apartándose por empalagamiento. 

Música:
Wind of Change (Scorpions)

La abuela Celia, que fue la única en comprender el dulce misterio, falleció cuando Rebeca solo tenía once años. A ella solía acudir desde chiquitita porque la acurrucaba entre sus brazos y le cantaba muy bajito canciones tiernas, y de letras casi ininteligibles, que le transportaban a otras sensaciones y le hacían desprender otros aromas. 
Imagen de una luna: Viaje a la luna (Georges Melies)
Desde los once años, la abuela Celia acostumbraba a visitar en sueños a Rebeca. 
La niña soñaba que descansaba en una especie de horno con una base mullida,  que la protegía y conservaba en perfectas condiciones de temperatura; pero cuando miraba hacia arriba, observaba miles de estrellas y una enorme luna derretida que, con la cara de la abuela,  sonreía tiernamente. 

Una noche, después de muchas otras, la luna habló a Rebeca para explicarle que no la veía muy feliz. 
La abuela Celia, entonces, contó que quería que eso cambiase y que podía concederle un deseo.
Rebeca enseguida quiso decirle que quería dejar de ser un atractivo, oloroso y tierno bollito de leche pero contuvo la respiración y el pensamiento. Decidió reflexionar antes de elegir el deseo ...




Sobre deseos infantiles, ilusiones adultas y Georges Melies

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Que bonito. Me gusta.

EmiliLlopi dijo...

Me lo imagino como un corto. O para un anuncio de bollitos. Muy tierno, Silvi.

silvia dijo...

Gracias por comentar. Muy ocurrente el comentario. Justo para leer en el desayuno. :)

Adrian Chimal dijo...

Ahorita retomando el ritmo. Saludos.

Shane dijo...

Muy bien. ¿Qué ocurrió después? Cuenta. Un beso

Caro Morales Chan dijo...

Hermosa historia me encanto